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jueves 19 de junio de 2008

Una película y su arquitectura (II)

La arquitectura del Poder

El Poder, en esta película, es el Ministerio de Información. Se nos muestra una sociedad absolutamente dominada por su Gobierno que pretende organizar y controlar hasta los más nimios detalles de las vidas cotidianas de las personas; con tal fin, se ha creado una inmensa y compleja maquinaria burocrática que está incesantemente recogiendo y procesando datos. En realidad, es al revés: la paranoica recopilación y procesamiento de datos se ha convertido en una necesidad en sí misma, una exigencia para el mantenimiento del voraz sistema burocrátrico. Probablemente, es el mismo sistema quien alienta (si no controla directamente) a sus propios outsiders, terroristas que no llegan nunca a identificarse aunque abunden los sabotajes con bombas, para justificar la permanencia de las dos formas complementarias de ejercicio del poder: la burocracia y la represión (fuerzas de seguridad y torturas). Evidentemente, la referencia inmediata es la orwelliana 1984; de hecho, el director reconoció que uno de sus primeros planteamientos era hacer una sátira de la novela británica e incluso inicialmente pensó en 1984 y medio como título para esta peli.


La arquitectura del Poder es, específicamente, aquella mediante la cual éste se exhibe; es, por tanto y eminentemente, escenografía. Así pues, no me referiré aquí a los espacios de la burocracia ni a los de la represión, por más que éstas sean las dos actividades con las que se manifiesta el ejercicio del Poder y por más que, sobre todo de los primeros, haya abundantes y magníficos ejemplos en la peli. Muestro en cambio esos escenarios diseñados para que el gobernado perciba la inmensidad del Poder que lo gobierna y su infinitesimal proporción respecto a él. Este primer mensaje no admite demasiadas sutilezas estilísticas y se traduce en una característica imprescindible en toda obra arquitectónica de esta naturaleza: la monumentalidad, la escala excesiva. En la película, el ejemplo paradigmático es, sin duda, el Ministerio de Información y, sobre todo su vestíbulo principal. Comentaré pues en este post arquitectura de interiores, la del espacio que queda detrás de la impresionante fachada que puede verse en la imagen anterior.

Aquí el protagonista, solitario, llega para incorporarse en su primer día de trabajo al elitista departamento de Obtención de Información. Lo primero que llama la atención son, efectivamente, las enormes dimensiones del espacio; se trata de una planta rectangular de 40 por 25 metros (calculo) y, lo que es más importante, una altura inabarcable (no llegan a verse los techos) que se nos antoja infinita. La segunda nota característica es la desnudez del espacio, la ausencia casi absoluta de cualquier objeto cuya presencia pudiera mínimamente distraer del mensaje fundamental: estás ante el Poder, ante el Poder como idea abstracta, que prescinde aquí de sus toscas y brutales manifestaciones para exhibir la pureza de su esencia. En tercer lugar, fijémonos en la direccionalidad geométrica de la composición. El eje principal de la planta rectangular aparece notoriamente remarcado: las grandes baldosas de mármol del pavimento se orientan en ese sentido que se refuerza con el burdo recurso compositivo de dos pares de bandas oscuras. Queda así definido un camino tensado en sus extremos mediante dos elementos de fuertes simbolismos: la puerta de entrada (que en la anterior imagen el protagonista acaba de traspasar) y el desproporcionado pupitre marmóreo del conserje del Departamento. El protagonista (o cualquiera), al recorrer esos cuarenta metros, tiene el tiempo para asumir su insignificancia frente a la inmensidad del Poder, de modo tal que la arquitectura convierte ese breve paseo en una ceremonia de sometimiento, de casi religioso homenaje del súbdito ante la majestad. La alusión religiosa no es gratuita; basta comprobar la descarada semejanza del mostrador del conserje con un altar cristiano, ensalzado hacia la divinidad gracias al luminoso vitral situado a sus espaldas. La direccionalidad del espacio se potencia, además, con los machones, también de mármol, que flanquean las paredes laterales, a modo de estaciones de este singular vía crucis. Por supuesto, otro elemento fundamental es la división del espacio en dos niveles: el súbdito, hacia la mitad del camino, debe ascender nueve escalones para llegar ante el altar; no hace falta subrayar el simbolismo. Por último (aunque podría seguir enrollándome), la iluminación: apliques en los pilares de mármol orientados hacia arriba reforzando, a la vez, la axialidad compositiva y lo majestuoso del espacio, que quedan abrumadoramente subordinados a la potente luminosidad del vitral central, a modo de imagen de un Dios omnipotente. Y todo en una composición de absoluta simetría geométrica que el director acentúa (no podía ser de otra manera) mediante una opresiva perspectiva axial. En síntesis, esta escena nos muestra los más obvios recursos de la arquitectura del poder tan explícitamente que no puede sino percibirse como irónica.

La filmación de este escenario paradigmático de la "arquitectura del poder" contribuye muy eficazmente a realzarla. La cámara empieza enfocando de arriba abajo, como si estuviera pegada sobre la pared por encima de la espectacular puerta de entrada al vestíbulo que vimos en la imagen anterior. Por supuesto, está dispuesta axialmente, en el eje de simetría, de modo tal que la curiosa ornamentación art decó del dintel exagera su radialidad a modo de índices que apuntan convergentes al centro del suelo. Un segundo después se abren casi a la vez las dos hojas gruesísimas, acompañando sus giros con el ensanchamiento de un haz de luz horizontal que va cubriendo (no es casualidad) el pavimento a recorrer por el visitante. Esa luz, además, crea una sombra alargadísima que precederá en horizontal el andar del protagonista; sombra que, además, genera una sensación de inquietud debido, creo, a que resulta excesiva, ilógica, ya que dada la altura de la puerta (y, consiguientemente, del foco lumínico exterior) uno la esperaría mucho más corta. Lo cierto es que el efecto artificioso viene muy bien al ambiente opresivo y, de paso, contribuye al realce de la arquitectura. Un último comentario a propósito de esta imagen. El decorado del dintel que aquí vemos nos remite al lenguaje del art decó, sobre todo en sus derivaciones estilísticas de los años treinta. No es casual que el referente "linguístico" de la arquitectura del poder de esta película nos lleve a cierta época y ciertas concepciones estéticas, tan del gusto de las megalomanías fascistas (y, en menor medida, nacionalsocialistas) de entonces. Salvando las distancias (y bajando la calidad compositiva), no creo que pasen desapercibidas las similitudes entre ese tipo de ornamentos y la composición del espacio de la imagen anterior con algunas obras públicas del primer franquismo en nuestro país.

No me resisto a insertar el momento en que el protagonista, con su "uniforme" de funcionario (hombre de gris), llega hasta el altar-meta del via crucis ya descrito. La cámara ha abandonado su filmación axial (siempre desde lo alto del dintel de la puerta) y ahora se dispone transversal a los dos hombres enfrentados. El pupitre o mostrador o como queramos llamarlo detrás del cual está el impasible conserje es, nuevamente, de proporciones excesivas. Obviamente, tiene que tener por detrás algunos escalones que den acceso a una tarima elevada sobre la cual se coloque la silla en la que está sentado este individuo; pero nada de eso es visible durante el recorrido axial, como corresponde a la escenografía de lo majestuoso (los trucos deben mantenerse ocultos). De esta manera, el conserje, a modo de sacerdote del dios Poder, asemeja levitar inmóvil. Sobre ese mostrador austero y ciclópeo no hay nada, salvo tres elementos que, con toda intencionalidad, desentonan de la rigidez estilística autoimpuesta; se trata de los tres artilugios que mejor simbolizan la "obtención de información". Son, por tanto, los tres únicos detalles que aluden al contenido real de ese Poder abstracto del cual el vestíbulo que estamos viendo es el Templo. Si no fuera por ellos, el Poder al que la arquitectura remite podría ser cualquiera; gracias a su presencia sabemos que se concreta en la burocracia dominadora, cuyas más altas acciones se desarrollan, justamente, en las distintas dependencias de este inmenso edificio. Pese a estos elementos comunes, débiles pero eficaces conectores entre las dos arquitecturas, ya veremos que la de la burocracia recurre a un lenguaje e imaginería radicalmente distinto. Añado, por cierto, que el otro elemento conector que unifica todas las tan diversas arquitecturas de la peli también aparece en esta escena: los tubos, que en este caso salen del ordenador y se exhiben impúdicamente (como siempre) ante la majestuosidad del Poder.

Una última imagen sólo para mostrar la misma arquitectura del Poder, un espacio casi idéntico (aunque no el mismo) abarrotado de gente. Se trata de la entrada pública (y de los funcionarios de otros departamentos) al Ministerio de Información. Como se ve, la pureza desnuda del Poder se pervierte aquí con el exceso de señales explícitas sobre su naturaleza concreta, pero son éstas las concesiones que ha de hacer a sus fieles, de forma demasiado parecida a cualquier religión. "Se seguro, sé desconfíado", "Información, la clave de la prosperidad", "Ayuda y el Ministerio de Información te ayudará" y, en la base de la colosal escultura central (que perfectamente podría haber estado en el palacio de los congresos nazis de Nuremberg), "la Verdad te hará libre". Incluso, como guiño irónico al kistch, un árbol de navidad con paquetes de regalos a sus pies.

Y lo dejo ya, que este post me ha salido más largo de lo que pensaba. Sigo con ganas de continuar hablando de otras arquitecturas de esta curiosa película. Por cierto, se trata de Brazil, de Terry Gilliam.

martes 10 de junio de 2008

Una película y su arquitectura (I)

La arquitectura para los proletarios
El ejemplo es el conjunto Shangri-La. Lenguaje con reminiscencias de la primera etapa del Movimiento Moderno, pero sin renunciar a romper y pautar las fachadas planas con alusiones años veinte. Por supuesto, la boutade estilística la conforman los inmensos troncos cilíndricos que sobresalen en las cubiertas a partir de seis plantas sucesivamente retranqueadas a modo de zigurat de esquinas remarcadas con pináculos. Esas inmensas chimeneas (¿qué función tienen?) se convierten en el signo más definitorio de la imagen, alusión quizás a los entornos fabriles de los trabajadores de este inmenso grupo residencial. Por cierto, esas grandes torres cilíndricas de color azul cielo están decoradas con nubes: ¿técnica de camuflaje o detalle kitsch que remite a felicidades de marketing?


La monótona grandiosidad exterior (vista desde fuera) cambia radicalmente cuando se entra en el espacio "comunal" del conjunto. Patios oscuros y sucios desde los que se accede a los portales; paredes de ladrillo sin cuidar y hormigones mal encofrados; aparecen ya los tubos omnipresentes; ropa tendida desde ventanas tristes, basura abandonada junto a las paredes. No parece que el exterior y el interior correspondan a los mismos edificios, pero tampoco sería imposible. Aunque no se ve en la escena que adjunto, en una de las paredes de este patio comunal se dispone un cartel, de notoria estética sesentera yanqui, en el que una familia (papá, mamá, niño, niña y perro) viajan sonrientes en un coche por un paisaje de idílicos prados con un radiante sol y en el que se lee: La Felicidad, todos juntos estamos ahí; se supone que era la publicidad de esas Shangri-La Towers. Detalle simpático: el cochito individual en el que llega a los bloques el protagonista de la peli es real. Se trata de un Messerschmidt (sí, los de los aviones nazis), fabricado en Alemania en los cincuenta.


El protagonista ha traspasado el portal y subido hasta la planta correspondiente. El pasillo desde el que se accede a las distintas viviendas es el que cabe esperar después del patio vecinal, aunque ahora los tubos adquieren aun más preeminencia: grandes y verticales rígidos, horizontales flexibles por los techos, otros más pequeños dispersos en distintas áreas de este espacio deprimente. Las paredes divididas horizontalmente por dos colores de pintura recuerdan un recurso muy usado en los cuarenta y cincuenta. La propia estética de los cacharros aparcados en el pasillo (un coche de bebé, un armazón de silla, un cubo de basura) remiten también a la primera postguerra europea. La puerta ofrece una cierta dignidad compositiva; si no fuera por la anacrónica ranura del buzón, hasta me atrevería de calificarla de moderna. El adorno navideño es la nota irónica obligada.

He aquí el interior de la vivienda a la que abre la puerta de la imagen anterior (si bien esta escena se ve media hora antes). Los adornos navideños, los papás y los niños, las ropas, los muebles, la atmósfera hogareña: se trata de una familia de escasos recursos pero bien administrados. La sala se ve limpia y ordenada, salvo por la potentísima y tosca presencia de los tubos que, casi pegados al techo, atraviesan las paredes. Pero prescindiendo (si se pudiera) de la imagen simbólica omnipresente durante toda la película, llama la atención el diferente lenguaje estético, tanto de la arquitectura interior como del mobiliario. Si los espacios comunes de esos bloques residenciales nos llevan a los pauperizados años de posguerra (que, saltando de continente, podrían enlazar con ambientes similares de los edificios de vivienda social de los guetos norteamericanos de treinta o más años después), este interior evoca quizá el periodo de entreguerras, con detalles más o menos art decó; el estarcido (¿o empapelado?) de las paredes, cuyos paños son enmarcados entre elementos verticales estrechos y limpios, la sobriedad de los muebles, con ligeras concesiones ornamentales en los herrajes que exhalan un sutil aroma art nouveau y, por supuesto, detalles de un kistch congruente con la estética ecléctica de las primeras décadas del XX. Se nos transmite una voluntad de orden y hasta de cierta pretensión estilística, pero sin estridencias, discreta. Como, por otra parte, uno imagina que corresponde a un trabajador de recursos limitados quien, pese a todo, logra crear su refugio individual frente a la opresión agobiante del sistema. Refugio, en todo caso, hasta cierto punto, como recuerda el feo contraste de los tubos y enseguida (poco después de la escena que adjunto) comprobará ese hombre tranquilo y ajeno a la que le espera. Era un hombre bueno, dirá más tarde su mujer casi enloquecida; pero la bondad no cuenta para nada en esta película.

La vivienda justo encima de la de esa idílica familia ofrece una imagen completamente distinta. Un complejo residencial con dos caras incongruentes: la exterior y la interior; además, podemos suponer que cada una de las celdas que alberga tiene su propia individualidad, siempre con el denominador común de los tubos. Cuesta ahora reconocer la similitud entre las paredes y demás elementos de la arquitectura interior que habrían de ser iguales en todos los pisos del edificio. La razón es que, mientras en la vivienda anterior todo era orden y detallismo, aquí es caos y provisionalidad. Fotos sin marcos dispuestas aleatoriamente sobre una pared, una estantería metálica de almacén, televisor años sesenta reflejado en espejos inclinados, una cama casi a ras de suelo con una colcha que parece patchwork. Aquí tiene que habitar una persona joven, que pasa poco tiempo en casa, soltera, por supuesto. Se trata, en efecto, de una chica camionera, la Julieta de la historia.

Aquí la tenemos, tomando un baño (la cámara ha ido acercándonos desde la habitación de la imagen anterior). ¿De qué época son esos sanitarios? El alicatado cutre hasta 1,60, la bañera, alzada sobre cuatro patas que no pegan demasiado, el lavabo, la grifería, el calentador (geniales los chorretones de óxido sobre los azulejos), el váter oscuro y sin tapa, ese paño que parece de hule tapando el ventanuco, el estantillo de alambre plastificado en el que la mujer acumula botes. Quitando la suciedad y el desorden, me recuerda el baño de la casa de mis abuelos en un edificio del XIX cerca de la glorieta de Quevedo. La nota discordante es la pantallita de televisión sostenida por un soporte tipo lámpara flexo: modernidad de los cincuenta (por cierto, la chica está viendo una película de los hermanos Marx). En esta estética los tubos no parecen tan fuera de lugar como en el piso de la planta inferior.
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Todas las imágenes provienen de la misma película; supongo que la mayoría sabrá su título y quien lo ignore puede entretenerse un ratito averiguándolo. Este fin de semana la conseguí en alta definición y volví a verla después de muchos años. Disfruté enormemente del barroquismo visual y, muy especialmente, del intencionadísimo y espectacular uso que el director hace de la arquitectura. Para perder un poco el tiempo y desconectar del frenético ritmo laboral en el que estoy, estas dos últimas noches me he dedicado a ir haciendo pantallazos de "escenas arquitectónicas". Esta primera serie trae la arquitectura los proletarios; ya añadiré otros posts sobre las restantes arquitecturas de la peli: la de los ricos, la de los burócratas, la del poder ... Al final, me gustaría mostrar las referencias reales que inspiraron al director. Claro que todo eso será si mi veleidad lo permite.

PS: Para ver bien las imágenes (aunque las he pasado a jpg para que pesaran menos e imagino que han perdido calidad), recomiendo que hagan un clik sobre cada una de ellas.

domingo 1 de junio de 2008

El robo de la Mona Lisa (III)

En 1820, cuando el país recién estrenaba independencia, llega a Buenos Aires un español de dudoso origen. Dice ser el marqués de Valfierno y que su fortuna -dos bolsas cargadas de monedas de oro- procedía de la venta de las tierras de su fallecido padre, quien sería hijo natural nada menos que de Carlos IV, concebido durante el exilio del monarca español en Bayona. Las fechas, dicho sea de paso, no cuadran; si fue verdad que el triste Borbón tuvo un hijo en esos tiempos, no alcanzaría todavía la veintena cuando el que se decía su hijo arribó a Buenos Aires. Pero ya entonces entre los porteños corrieron rumores muy distintos sobre la identidad del forastero. Se decía que este Eduardo Valfierno formaba parte en España de una banda de salteadores de caminos (montoneros se llamaban) y que el oro era el botín robado a una diligencia en los campos manchegos. También se musitaba que el joven Eduardo había escapado de sus compinches, desplumándoles, tras haber preñado a la hija del jefe. Como fuera, el recién llegado se instaló acomodadamente entre las clases altas de la joven república e incluso casó a su primogénito, Nicanor, con una Ezcurra, familia política del famoso prócer argentino Juan Manuel de Rosas, por entonces gobernador de la provincia bonaerense. Dato importante: tanto a este primer Valfierno, como a su hijo Nicanor y a su nieto Eduardo les apasionaba el juego.

Este sería el origen familiar del Eduardo Valfierno, que habría nacido un 23 de mayo de 1870 en la calle Defensa de Buenos Aires y, cuatro décadas más tarde, organizado (¿o no?) el robo de la Gioconda. Pero esta historia dista mucho de ser fiable. La que he contado viene a ser la versión que aparece en la novela “El robo de La Gioconda - una historia argentina” de Diego Ramiro Guelar (Grupo ILHSA, 2004). Pero hay otra novela también argentina sobre el mismo personaje que nos cuenta una historia muy diferente; se trata de Valfierno, de Martín Caparrós, ganadora del Premio Planeta argentino en 2004. Según Caparrós, este caballero nació en Rosario de Santa Fe (más o menos por las mismas fechas que dice Guelar), de madre soltera. A los diecinueve años lo encarcelaron por pertenecer a un grupo anarquista y cuatro años después se embarcaba en un carguero para recorrer mundo y cursar la maestría de estafador. De vuelta de su periplo, se radica en Buenos Aires y se dedica a los más variopintos oficios, incluyendo el de administrador de un prostíbulo. Parece que durante esos años se documentó concienzudamente para crearse una nueva personalidad y hacerse un experto en arte. Hacia los últimos años del XIX, según esta versión, se presentaría como Eduardo Valfierno y contaría una biografía de estancias en París, fortunas despilfarradas y títulos nobiliarios españoles.

La versión de Caparrós parece más atrayente que la de Guelar, pues nos presenta a un estafador que se hace a sí mismo, cuya primera estafa es justamente inventarse el propio personaje. En lo que ambos coinciden (y no sólo ellos) es en que, hacia mediados de su treintena, Valfierno dirigió sus intereses al arte. Empezó como marchante, intermediando en la venta de cuadros en Buenos Aires, seguramente avalado por su presunto origen nobiliario e imaginativos contactos europeos. Pero pronto derivó hacia el comercio de falsificaciones; sin duda a partir de que se cruzó con Yves Chaudron, otro personaje imprescindible en esta historia.

Poco he logrado averiguar de este Chaudron; era un pintor francés, de Lyon o de Marsella (depende la fuente), con una habilidad extraordinaria para la copia. Tampoco me ha quedado claro si Valfierno lo conoció en París o en Buenos Aires, aunque parece que fue en esta última ciudad donde ambos estrecharon su sociedad delictiva. ¿Por qué fue el francés a la Argentina? Sin duda porque no le debían ir demasiado bien las cosas en Europa; es más probable que se hubiese metido en algún lío debido a sus actividades. Podemos imaginar, si así nos apetece, que Valfierno le había previamente ofrecido "asilo" o que fue el azar el que los juntó en la capital americana. En algún sitio he leído que, al conocerse, Chaudron le confesó a Valfierno que creía ser la reencarnación de Leonardo, que había pintado ya varias de sus obras (sobre todo la Mona Lisa) poniendo en estas nuevas versiones lo que al genio italiano no le había dado tiempo. Él no se consideraba un falsificador; decía que "un artista que copia es mas hábil que el copiado. El artista copiado no ha hecho más que dar libertad a sus instintos: hace lo que le sale, lo que puede. En cambio el que copia se fuerza, se tuerce para hacer lo que el otro hizo sin querer. Lo que en uno fue naturaleza, en el otro es arte". Parece, en todo caso, que Chaudron le pidió ayuda a Valfierno para curarse de su locura.

Valfierno no sólo no lo curó, sino que le alabó su genio, animándole a perseverar en ser Leonardo. Seguramente empezaría ya desde entonces a madurar su atrevido plan. Pero antes, todavía en Buenos Aires, se dedicó a colocar en el mercado pinturas de Chaudron atribuidas a artistas más célebres. Imagino que serían los ensayos previos, necesarios para asegurarse de que la sociedad funcionaba. También valdrían para introducirse en ese mundo, conocer los nombres de millonarios coleccionistas, dispuestos a pagar discretamente grandes sumas por obras de arte robadas.

Los dos amigos dejan finalmente Buenos Aires para ir a París. ¿Tenía ya el argentino pergeñado su plan o, como dice Caparrós, escapan al haber sido descubiertas sus actividades ilícitas? Ambas hipótesis pueden conciliarse, así que no importa demasiado. Lo cierto es que, nada más instalados en Francia, Valfierno pide Chaudron que pinte seis copias perfectas de la Gioconda. Debía ser hacia el principio de 1910, porque al Leonardo reencarnado le llevó más de un año acabarlas. Hubo de conseguir tablas antiguas y pigmentos de los que se usaban en el Renacimiento; acabada cada una de las copias, además, se esmeró en "envejecerlas". Mientras tanto, Valfierno se encargaba de la manutención de ambos mediante el viejo negocio (entre Mona Lisa y Mona Lisa, Chaudron hubo de pintar algún que otro cuadro; parece que un Murillo, entre otros), pero también de ir haciendo los pertinentes contactos. Así, se dirige por carta a unos cuantos millonarios ofreciéndoles la Gioconda. Nueve de ellos se muestran interesados (cinco estadounidenses, dos ingleses, un alemán y un brasileño), dispuestos a concretar los detalles de la transacción. Si es verdad, el robo tenía ya que haberse producido pues, de otra forma, en el mejor de los casos, las personas contactadas habrían considerado las cartas como una simple broma. Sin embargo, si las recibieron cuando ya la Mona Lisa había desaparecido, la oferta adquiría verosimilitud, máxime para unos coleccionistas ansiosos de poder colgar la tabla en sus mansiones. Pero, entonces, asombra la audacia del argentino dedicando tanto tiempo y esfuerzo antes de saber siquiera si iba a ser capaz de robar la pintura de Leonardo.

Estas objeciones son resueltas en la novela de Guelar, haciendo que Valfierno y Chaudron se conociesen en París, justamente en los salones del Louvre. En esta versión, el argentino habría llegado a Francia también perseguido por sus estafas bonaerenses, pero sin ningún plan sobre la Mona Lisa. Chaudron, al conocerse, ya tendría pintadas las seis copias y saberlo fue lo que le dio la idea a Valfierno. La locura del francés y la voluntad de afianzarla del argentino encajan también (incluso más) en esta otra hipótesis. Lo que no deja de sorprender es la enorme casualidad de que se cruzasen tan oportunamente el hambre y las ganas de comer, el genial falsificador y el imaginativo estafador. Aunque no sé por qué me sorprende ya que, últimamente, no paro de comprobar cuánto le gusta al azar enredar la historia.

Aceptemos pues que, en la primavera de 1911, Valfierno dispone de seis indistinguibles copias de la Mona Lisa y las direcciones de algunos millonarios a quienes podría ofrecérselas. Claro que para que las ventas sean posibles el original ha de ser robado. Es aquí cuando aparece nuestro Peruggia; pero, ¿cómo lo conoció Valfierno? No encuentro ninguna explicación suficientemente detallada en Internet (quizá en alguno de los varios libros que tratan del asunto, pero no los he leído). Guelar habla de unos italianos, los Lancelotti, conocidos del argentino y que le pondrían en contacto con Peruggia; Caparrós introduce a una mujer en la trama, una tal Valerie Larbin que habría sido quien señaló al lombardo. También nos queda el recurso, nuevamente, al azar: que Valfierno se topase con Peruggia, a lo mejor mientras éste aun trabajaba en el Louvre, hablase con él y descubriese que su nacionalismo y odio a los franceses podrían utilizarse en su plan. No es inverosímil barruntar que la patraña de que la Mona Lisa había sido robada por Napoleón se la sugiriese el taimado argentino al inocente carpintero. Así, añadiendo a los argumentos patrióticos, la promesa de una buena cantidad de dinero, Valfierno convenció a Peruggia para que llevase a cabo el robo, lo que éste efectivamente hizo.

Cabe suponer que en cuanto la sensacional noticia fue mundialmente conocida Valfierno envió sus cartas, recibió las respuestas y seleccionó a los seis compradores. Acordados los tratos, las tablas falsas se enviaron por correo y el argentino recibió los pagos en bancos suizos. No está clara la cantidad que obtuvo; Seymour Reit, autor del libro "The Day They Stole the Mona Lisa" (1981), dice que entre treinta y sesenta millones de dólares, pero otras fuentes rebajan considerablemente estas cifras. Chaudron obtuvo el 30% de los ingresos. Ambos socios dejaban definitivamente atrás sus penurias y podrían vivir lujosamente hasta sus muertes. En cuanto a Peruggia, el 21 de octubre, dos meses después del robo, recibió en su pensión (en la misma en la que escondía la Gioconda) una maleta con 300.000 liras. Sin embargo, nada se sabe de ese dinero; de hecho, Vincenzo salió de la cárcel casi sin una lira en el bolsillo.

Excluyendo el dudoso envío del dinero, Valfierno no contactó nunca con Peruggia después del robo. Él no quería la Mona Lisa, cuya posesión era sin duda peligrosísima; sólo necesitaba que permaneciese desaparecida el tiempo suficiente para cobrar sus estafas y darse el piro. Peruggia fue el séptimo estafado. Es fácil imaginar su nerviosismo esperando que el falso marqués le pidiese la tabla para devolverla a la Patria (Valfierno le había dicho que iba a venderla a un coleccionista italiano). El constante silencio, prolongado durante más de dos años, tuvo que ser angustioso para el pobre carpintero. Al final se convencería de que había sido burlado y vio en el anuncio del galerista florentino la única opción disponible para salir del embrollo.

Chaudron se casó en París con una rusa y se trasladó a Los Angeles, donde siguió pintado para la gente de Hollywood. Valfierno se mudó a Nueva York donde, en 1915, se casó con la hija de un magnate bostoniano, impresionada, imagino, ante un marqués millonario. Más tarde, aconsejado por un amigo, invirtió casi toda su fortuna en la bolsa y quedó prácticamente arruinado con la crisis de 1929. En 1931, poco antes de su muerte, le confesó a un periodista norteamericano, un tal Decker, la "verdadera" historia del robo de la Gioconda. Aportó múltiples datos, incluso el nombre de quienes habían comprado las copias. No he leído esa entrevista (me encantaría conseguirla) pero debió ser muy convincente porque, veinte años después del golpe, no se tomó como una invención estrafalaria.

Sin embargo, nadie corroboró la versión de Valfierno. ¿Sería ésta la última mistificación del argentino? Pero, aunque no fuera cierta, no puede negarse que la historia es fascinante y que da, ciertamente, para varias novelas, cada una con sus propias versiones.


miércoles 28 de mayo de 2008

El robo de la Mona Lisa (II)

Sigo pues con las aventuras de Peruggia y el robo de la Mona Lisa. De la historia, en sus líneas maestras, había oído hablar hace años, pero no ha sido hasta hace unos días que me he enterado de sus detalles y me ha resultado interesantísima.

Como decía, Vincenzo era un hombre de extraordinaria sangre fría y, para muestra, valga la narración de cómo robó la pintura. El 21 de agosto de 1911 era lunes, el día en el que el Museo cerraba para tareas de mantenimiento. Peruggia, vestido con la ropa de trabajo de los empleados del Louvre, entró con todo el morro y se dirigió sin titubeos al Salon Carrè, en donde se encontraban al menos diez trabajadores. Sin inmutarse, descolgó el marco y se lo llevó hasta una escalera de servicio. Allí, más discretamente, dedicó un ratillo a quitar el marco de madera y el cristal de protección, abandonando ambos en la propia escalera. A continuación bajó las escaleras con la intención de salir a la calle por una puerta de servicio; sin embargo estaba cerrada. Trató de forzarla sin éxito, consiguiendo sólo desmontar el pomo, que se guardó en el bolsillo. Justo entonces pasó por ahí un fontanero y Peruggia, fingiéndose enojado, le hace ver que algún idiota había robado el pomo; a ver ahora cómo salimos, añadió. El complaciente fontanero (Sauvet se llamaba) le abrió la puerta con sus herramientas y el ladrón se encontró graciosamente fuera del Museo (entonces fue cuando lo vio la testigo que aportó una buena pero inútil descripción).

El siguiente día, el martes 22, un pintor francés, Louis Beroud fue de los primeros en entrar al Louvre. Estaba trabajando en una serie de cuadros de las salas del Museo, temas que, por lo visto, eran muy populares entre los turistas. Nada más llegar al Salon Carré, se percató del espacio vacío entre la Alegoría de Tiziano y la Santa Catalina de Correggio. Preguntó a un guardia que dónde estaba la Gioconda y éste le contestó que probablemente la habrían movido para fotografiarla, algo que no era inusual. Pasaron unas cuantas horas hasta que los vigilantes del museo empezaron a preocuparse y a buscarla. Sólo pudieron encontrar el marco y el cristal que Peruggia había abandonado en la escalera; al no encontrar ningún estropicio, pensaron que la tabla podría estar escondida en alguna parte del inmenso edificio. La policía y los empleados pasaron una semana entera registrando todo el museo sin que, por supuesto, encontrar nada.

La histeria desatada en París (y en toda Francia) fue tremenda. Cuando, pasada la primera semana, volvió a abrirse el Louvre la gente entró en tropel; ese espacio vacío, esa ausencia, convocó más personas que la desaparecida de la que era huella. Estuve en el Louvre y vi el hueco de la Mona Lisa, me imagino que diría más de uno. A los pies de ese hueco la gente desolada depositaba flores. Una señora, cuentan, cayó desmayada presa de un ataque. Las ventas de postales con el famoso retrato se multiplicaron. Los rumores y, sobre todo, los augurios catastrofistas no cesaban. Las críticas al Museo y a la policía se repetían en todos los foros ...

Y mientras tanto, como ya dije, Peruggia seguía haciendo su vida normal con la buscadísima obra de arte bajo la cama de su pensión. Así transcurrieron nada menos que dos años y cuatro meses, hasta que en diciembre de 1913, el italiano, con su baúl a cuestas, coge un tren hasta Florencia. Unas semanas antes había leído en un periódico italiano un anuncio de un anticuario de la ciudad toscana, Alfredo Geri, que ofrecía comprar "a buen precio objetos de arte de cualquier tipo". El 29 de noviembre, Geri, entre las muchas que recibía, se sorprende ante una carta firmada por un tal Leonard. El autor, en italiano y con trazos temblorosos, decía que era un patriota que deseaba devolver a su país una de las obras de arte que Napoleón había robado. Concluía añadiendo que tenía en su poder La Gioconda. Aunque escéptico, Geri contestó al misterioso remitente citándole en su galería el 22 de diciembre.

Vincenzo llegó a Florencia y se alojó con su baúl de doble fondo en la habitación 20 del Hotel Tripoli de la via Panzoni. El 10 de diciembre, doce días antes de la cita, se presentó en las oficinas de Alfredo Geri, con el nombre de Vincenzo Leonard. Le dijo al atónito galerista que era quien le había escrito y que deseaba entregarle la pintura a cambio de una recompensa de medio millón de liras y la garantía de que habría de permanecer en Italia. Quedaron en que al día siguiente Geri iría al hotel a ver la tabla, acompañado de un especialista. El propio galerista escribió años después: "Llamé a mi amigo Giovanne Poggi, director de la Gallería degli Uffizi y juntos fuimos a ver la pintura a la habitación de aquel extraño en el Hotel Tripoli. Allí, el hombre abrió un baúl donde guardaba sus miserables pertenencias. Del fondo sacó un objeto envuelto en una tela roja, y ante nuestros ojos asombrados salió de ahí la divina Gioconda, intacta y maravillosamente preservada".

Ambos hombres se dieron cuenta enseguida de que se trataba de la auténtica (al dorso estaba el sello oficial del Louvre, por si hubiera dudas) pero fingieron dudas ante Peruggia y le pidieron que les dejara llevarla a los Uffizi para que fuese examinada por los expertos; sería un trámite de poco tiempo así que lo mejor sería que el carpintero esperase en el hotel, le sugirieron. El simple de Vincenzo hizo todo cuanto le dijeron y, pocas horas después, se encontró con que la policía florentina entraba en su habitación y lo detenía.

La noticia de la recuperación de la Mona Lisa fue un bombazo mundial. En Francia, además de una gran alegría, también una tremenda humillación, máxime cuando se supo lo fácilmente que Peruggia había robado la tabla y cómo había pasado el interrogatorio policial sin despertar la más mínima sospecha. Y para colmo, eran los malditos comedores de macarrones quienes lo detenían y recuperaban el Leonardo. No lo he confirmado, pero apostaría a que hubo más de una dimisión (o cese fulminante) entre los mandos tanto policiales como del Louvre. Los italianos se permitieron disfrutar del triunfo. En primer lugar, no fueron demasiado diligentes en devolver la tabla; primero decidieron exponerla en los Uffizi (Florencia), la Gallería Borghese (Roma) y el Museo Brera (Milán). Por fin, el 4 de enero del 14, con altísimas medidas de seguridad (viajó en un tren escoltado por treinta policías), llegó al Louvre y volvió a ser colgada en el Salon Carré.

Y, en segundo lugar, pese a la insistencia francesa, los italianos se negaron a extraditar a Peruggia. Fue encarcelado en Florencia y tratado casi como un héroe nacional. Casi todos los días alguien sobornaba a los guardias para que le dejasen fotografiarse con el ladrón patriota. El juicio empezó en junio del 14 y fue breve. El acusado mantuvo sin fisuras que el único motivo de su robo había sido devolver a Italia lo que le pertenecía. Enardeció al público (¿y a los jueces?) cargando las tintas en el desprecio que, como italiano, había sufrido de los altaneros franceses, logrando probablemente que, si no justificarlo, se excusase su delito. La sentencia fue de un año y quince meses, reducida en la apelación a siete meses y nueve días. Es decir, que cabe suponer que para cuando acabó el proceso, dado el tiempo que llevaba detenido, sería puesto casi inmediatamente en libertad.

Convertido en un hombre popular y querido, aunque pobre, Peruggia regresó a su pueblo natal, Dumenza. Enseguida empezó la primera guerra y sirvió en el ejército italiano. Después, en 1921 (con 41 años) se casó con una guapa chica y el matrimonio se trasladó a la Alta Saboya, donde abrió una tienda de pinturas y barnices. En Francia vivió próspera y tranquilamente hasta su muerte en 1947. Curioso (¿o no?) en alguien que odiaba tanto a los gabachos.

Pero, ¿por qué estuvo más de dos años Vincenzo en París con la Mona Lisa debajo de su cama y sin hacer nada? Una primera explicación podría ser que, exhibiendo una sangre fría extraordinaria, estuviese esperando a que la histeria por el robo se aquietase antes de intentar desprenderse de la pintura. Él mismo dijo, en los interrogatorios florentinos, que decidió devolverla porque, de tanto mirarla, esa mujer lo estaba volviendo loco; "había días en que pensaba en no volver al hotel para no encontrarme con esa sonrisa”. Hay, no obstante, otra posibilidad: que Peruggia no fuese más que el autor material de un plan ideado por otra persona y que, durante ese tiempo, estuviese esperando instrucciones. Esta hipótesis es la que afirmó, en una entrevista periodística, quien se confesó autor intelectual del hurto, un argentino llamado Eduardo Valfierno.

La historia de Valfierno, sin embargo, se basa sólo en sus propias palabras. No obstante, tanto el personaje como la trama hacen que resulte tremendamente novelesca de modo que, como dicen los italianos, se non vero, é ben trovato. Y, como es ciertamente novelesca, ha dado origen a varias novelas que, aunque no he leído, tienen rastros abundantes en internet. Pero a ello me referiré en un próximo post.

domingo 25 de mayo de 2008

El robo de la Mona Lisa (I)

En la primera década del siglo pasado, un veinteañero lombardo llamado Vincenzo Peruggia emigró a París. Nada infrecuente por esas fechas, cuando la capital francesa se llenaba de comedores de macarrones, que era como despectivamente se referían los gabachos a tantos trabajadores manuales italianos que allí buscaban ganarse la vida. No le fueron demasiado bien las cosas a Vincenzo, que iba tirando con diversas chapucillas; además, debía ser un hombre orgulloso y pendenciero, al que el rechazo chovinista de los parisinos hubo de exacerbar sus sentimientos nacionalistas. En dos ocasiones había sido detenido: en 1908 por intento de robo y en 1909 por una pelea con una prostituta en la que sacó un cuchillo. Un par de años después, no obstante, fue contratado por la firma de carpinteros a la que el Louvre había encargado marcos especiales protegidos con vidrio para las obras más emblemáticas del museo. Así, Peruggia tuvo la ocasión de trabajar durante tres semanas en la elaboración del marco para la Mona Lisa y, ya de paso, familiarizarse con las rutinas de la Pinacoteca francesa. ¿Se le ocurriría entonces robar la tabla? Acorde con sus declaraciones durante el juicio, podemos imaginarnos al bigotudo carpintero rumiando su venganza y argumentándosela como un acto de justicia: restituiría la pintura a Italia, a su verdadera patria, cancelando el expolio napoleónico.

Peruggia, dicho sea entre paréntesis, estaba equivocado. Napoleón no robó la Gioconda de suelo italiano. Si bien pintada en Florencia, Leonardo la llevó consigo a Francia y de ahí ya no saldría. El rey Francisco I, el gran protector de los últimos años del genio de Vinci, se la compró por 12.000 francos y fue posesión de los monarcas franceses hasta que la Revolución la llevó al Louvre. Sin embargo, no creo que el conocer la verdad hubiese hecho cambiar de opinión al joven carpintero; la tentación de infligir tamaña humillación a los soberbios franceses debía ser, imagino, irresistible.

En 1906 vivía en París otro joven de la misma edad que Peruggia (nació catorce días después) pero de muy distintos afanes y destino; se llamaba Pablo Ruiz Picasso. En mayo visitó en el Louvre una exposición de relieves ibéricos de Osuna. Pocos meses después visitaría las salas africanas del Museo de Etnología del Trocadero. Según reconoció el mismo pintor, el descubrimiento del arte primitivo fue un completo shock, una revelación; a partir de ahí, se cierra la etapa rosa y comienza la gestación del cubismo.

Hacia finales de 1906 o principios de 1907, Apollinaire, ya muy amigo de Picasso, recoge en su casa a un extraño personaje, un boxeador aficionado con ínfulas de literato bohemio, un aventurero belga de nombre Géry Piéret. El tal individuo parece que quiso integrarse en el ambiente vanguardista e iconoclasta del París de principios de siglo, buscando sus raciones de notoriedad y dinero. Lo cierto es que, con toda la cara del mundo, robó varias estatuillas de arte ibérico de los almacenes del Louvre por el sencillo método de cogerlas y esconderlas dentro de su abrigo (imagino que en más de un viaje). Luego, conocedor del interés de Picasso, le sugirió a Apollinaire que se las ofreciese al malagueño. Picasso, en esa primavera de 1907, decía sentir la necesidad de poseer piezas originales, de poder tocarlas para "adueñarse" de la energía creativa del arte primitivo. ¿Sabían Apollinaire y Picasso que eran objetos robados? Por supuesto, ambos lo negarían, aunque me cuesta creerlo. Como fuera, en marzo de 1907, Picasso compró al belga dos cabezas de piedra ibéricas.

Otro paréntesis: durante los meses de junio y julio de 1907, Picasso trabaja frenéticamente en una de sus grandes obras, las señoritas de Avignon, quizá el inicio del cubismo. En la primera etapa de su confección, la influencia "ibérica" es incuestionable (en una segunda etapa sería complementada con la "africana", tras la vista ya citada a la exposición del Louvre). Me imagino a Pablo, en su taller de Montmartre, tocando "su" Cabeza de hombre con una mano y "transmitiendo la energía creativa" al inmenso lienzo.

Géry Piéret dejó París ese año para buscar mejor fortuna en América. Hay quienes dicen que a Apollinaire su picaresca había ya dejado de hacerle gracia y, en cambio, empezaban a preocuparle los problemas en los que ese parásito, que se presentaba como secretario del escritor, podía meterle. Sin embargo, cuando en abril de 1911 el belga regresa con el rabo entre las piernas y vuelve a pedirle asilo, Apollinaire lo admite y le encarga algunas tareillas de auxilio literario. Pero el bribonzuelo repite las viejas andanzas e intenta robar nada menos que a un vecino de su anfitrión; el incidente obliga al escritor a echarlo de su casa. Y justo al día siguiente, el 21 de agosto de 1911, Vincenzo Peruggia roba la Mona Lisa.

Al conocerse la noticia del robo, Picasso y Apolinaire sospechan, justificadamente, del belga, máxime cuando son incapaces de saber su paradero. Les entra pánico; temen que Piéret, cuando sea apresado, les implicará, señalándoles como beneficiarios de sus anteriores hurtos. Lo primero que les viene en mente es arrojar las estatuillas al Sena y así hacer desaparecer el cuerpo del delito, pero no se deciden a hacerlo. Unos días después, el 29 de agosto, Géry Piéret entrega en las oficinas del Paris-Journal una de las piezas que había robado en 1907 y, aprovechando la tremenda expectación del momento, se explaya en declaraciones fanfarronas sobre lo fácil que es robar en el Louvre. Luego, vuelve a presentarse a Apollinaire, implorándole caridad. El escritor, más por miedo que por pena, supongo yo, le paga un billete a Marsella. Desde esa fecha, apenas volvió a saberse del pillastre belga.

Sin embargo, los dos amigos estaban entonces en mayor peligro; era obvio que las declaraciones de Piéret y su repentina desaparición les habrían de traer las indagaciones policiales. Así las cosas, André Salmon, crítico de arte del Paris-Journal y buen amigo de Apollinaire, les sugiere montar a través de su periódico otra historia de devolución de la estatuillas de Picasso, gracias a un anónimo poseedor arrepentido. La noticia se publica efectivamente el seis de septiembre, pero no basta para engañar a la policía que al día siguiente detiene a ambos artistas. Parece que Apollinaire, el primero en caer, delató a Picasso; pero éste le devolvió el favor con creces, negando conocerle y alimentando las sospechas sobre él. El caso es que el pintor fue puesto en libertad el mismo día, mientras que el escritor fue retenido casi una semana. Por suerte, sus pesares acabaron ahí; lo que no sé es si siguieron siendo amigos el poco tiempo que le quedaba a Apollinaire de vida (murió apenas siete años después, con sólo treinta y ocho años).

Mientras tanto, Peruggia seguía trabajando tranquilamente en París. Se había construido un baúl con doble fondo en el que escondió la tabla, envuelta en una sábana roja; el baúl lo tenía debajo de la cama de la pensión donde vivía. La policía lo interrogó, al igual que a todos quienes en los últimos meses habían trabajado en el interior del Museo. El italiano pasó la prueba con absoluta sangre fría, tanta que ni por un momento despertó sospecha alguna en los detectives. Y eso que se contaba con la acertada descripción de un testigo que había visto al italiano cuando salió del museo: un hombre de altura media, de constitución robusta, vestido con ropas de trabajo oscuras, llevaba un paquete y tenía el pelo negro y un bigote "más grande que su cara". También hay que decir que tuvo suerte, porque la policía contaba con una huella digital suya, impresa en el cristal protector que Peruggia había retirado y abandonado en el museo. Por ese entonces ya se estaban tomando las huellas dactilares y, de hecho, las del italiano constaban en los archivos parisinos a resultas de sus dos detenciones anteriores. Pero sólo se imprimían las de la mano derecha y la huella del cristal era de la izquierda.

De otra parte, ¿quién iba a sospechar de un don nadie como Peruggia? Si bien al principio la policía se inclinaba por atribuir el robo a algún empleado descontento con ganas de hacer daño al Louvre, a medida que transcurrían los días y los meses sin que se descubriese ni al ladrón ni a la Gioconda, comenzaron a tomar peso teorías más novelescas, entre las que se contaban las referidas a ladrones internacionales (un tal Rives, que había escapado de la Guayana francesa, a donde había sido deportado en 1909, y del que se decía que merodeaba por el Louvre), conspiraciones políticos y millonarios norteamericanos ansiosos por poseer el retrato de Leonardo. En 1931 cuando ya hacía mucho que la Mona Lisa había vuelto al Louvre, un estafador argentino, Eduardo Valfierno, confesó a un periodista norteamericano que él fue el autor intelectual del robo. Pero ésta es otra parte de la historia y, antes de referirme a ella, hay que acabar con las aventuras de Peruggia.

viernes 23 de mayo de 2008

Contra el cambio climático (escenas chipunas)

Ha quedado ya definitivamente sentada, fuera de toda duda científica, la decisiva influencia de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), en el rápido calentamiento de la atmósfera terrestre. Antes incluso de la publicación del Cuarto Informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC en sus siglas inglesas), el Gobierno de Chipunia, consciente de la gravedad que sobre nuestra civilización tendrán los inminentes cambios climáticos, apostó decididamente por la lucha institucional contra lo que, en palabras del ex presidente yanquiano, es “la mayor catástrofe que jamás ha amenazado a nuestra especie”. Hace tres años, se promulgó la Ley 53/2005, contra el Cambio Climático y a favor del Desarrollo Sostenible; poco después, se constituyó la Agencia Chipuna de Seguridad Ambiental, cuya dirección fue encargada al prestigioso científico Anselmo Ruiz Fontecalda.

Ya durante la tramitación parlamentaria de la Ley, el presidente del PICHi, Ubaldo Pachulero, proclamó apasionada y rotundamente que su partido asumía con profunda convicción y compromiso la lucha contra el cambio climático, que definía como el primer objetivo del gobierno nacionalista, al que supeditarían cualesquiera otras políticas. Los riesgos que ensombrecen nuestro futuro son tan grandes, afirmó, que no caben tímidas actitudes timoratas. Los propios principios sociales, incluyendo los del Derecho, pueden ser cuestionados si así lo requiriesen medidas necesarias para nuestra supervivencia. Sin pecar de alarmista, añadió, hemos de ser conscientes que nos encontramos en una situación de emergencia global.

Con este calentamiento de la atmósfera política, el PICHi consiguió que se aprobase la polémica Disposición Adicional Primera de la Ley 53/2005, que establecía la “extra-legalidad” de las medidas que se adoptasen en la lucha contra el cambio climático. Las Órdenes ejecutivas del Director de la Agencia, siempre que se enmarcaran en las medidas en el Plan Estratégico de Seguridad Ambiental (PESA), no estarían sujetas a otras normas legales y ni siquiera podrían ser recurridas jurisdiccionalmente. Este carácter de Ley (y actuaciones) al margen del sistema legal se justifica someramente en la propia exposición de motivos en base a lo catastrófico del cambio climático. En el debate parlamentario algún diputado del PICHi trajo a colación, quizá algo cogida por los pelos, la USA PATRIOT Act, mediante la cual el presidente Bush, en 2001, restringió varios derechos civiles para poder garantizar la seguridad nacional y combatir el terrorismo. El terrorismo ahora es contaminar la atmósfera, declamó dramáticamente Aquilino Jambón, el más señalado ideólogo del nacionalismo chipuno, y combatirlo eficazmente es nuestro primer deber patriótico.

Aprobada la Ley y constituida la Agencia, el revuelo político fue amortiguándose poco a poco, ya que el equipo de Anselmo Ruiz Fontecalda, durante los dos siguientes años, apenas adoptó medidas que trascendieran a los medios. Este silencio (quizá fruto del cálculo político) se quebró clamorosamente hace unos días con la presentación del Plan Estratégico de Seguridad Ambiental (PESA), previsto en la Ley. En este documento, a partir de mediciones rigurosas de las emisiones de gases de efecto invernadero en Chipunia así como de la contabilización de los factores económicos implicados, se establecen algunas medidas ciertamente radicales, tanto en la esfera económica como en la ideológica. Pero, aunque sea de forma muy sintética, conviene explicar previamente la argumentación y medidas del PESA.

Como es normal, es el sector energético chipuno el mayor emisor de gases de efecto invernadero, aportando el 90% del total. Por eso, las más importantes líneas de actuación del PESA caen bajo esta rúbrica. De un lado, se plantea que en 2012 se haya culminado la sustitución de las actuales centrales térmicas (de las que proviene el 80% de la energía consumida en Chipuna) por generadores de energía “ecológicamente sostenibles”. De otra parte, se ha de implementar un completo sistema de transporte público (incluyendo una red nueva de infraestructuras ferroviarias ultramodernas) que reducirá sensiblemente el consumo energético derivado de la movilidad privada. Logrados ambos objetivos, las emisiones de GEI se reducirían en un 20% respecto a los valores actuales; es decir, Chipunia emitiría 2,7 millones de toneladas menos a la atmósfera y, teniendo en cuenta las previsiones demográficas, se situaría en una tasa de 4,3 toneladas per capita anuales, sin duda un valor ejemplar.

Las emisiones de gases de efecto invernadero en Chipunia ascienden a 13.500 kilotoneladas anuales, lo que supone un 46% de incremento respecto a la cantidades de 1990. Como es sabido, el Protocolo de Kioto establece que en 2012 se debe haber logrado una reducción de al menos el 5% en el total mundial de emisiones; esta cifra, no obstante, es un valor medio, que ha sido repartida por países atendiendo a sus situaciones de partida, toda vez que, las emisiones per capita pueden considerarse un indicador del grado de desarrollo. Por eso, en el reparto europeo, a Cascaterra le ha sido asignado un margen de crecimiento hasta el 2012 del 15% respecto a los valores de 1990, mientras que otros países mucho más desarrollados tienen que alcanzar en ese año límite cantidades de emisión sensiblemente menores a las de 1990 (Alemania, por ejemplo, debe reducirlas hasta el 21%). Ahora bien, la situación de Chipunia dentro del estado cascaterrano, presenta especiales singularidades derivadas, según el gobierno nacionalista, de un régimen económico de marcado carácter colonialista. Las emisiones per capita en Chipunia están en 6,75 toneladas por habitante anuales, frente a las 9,50 de media en el Estado. Para colmo, en la última década y media, los chipunos apenas han aumentado sus emisiones (en 1990 eran 6,40 toneladas anuales), mientras que la aportación media del Estado se ha incrementado en más de un 25%. La progresiva divergencia entre los niveles de emisión demuestran claramente la discriminación de la economía chipuna en el conjunto de Cascaterra. Con simples reglas de tres, Anselmo Ruiz Fontecalda argumentó que la evolución diferencial de las emisiones de GEI entre Chipunia y Cascaterra cuantifican meridianamente nuestro déficit de desarrollo respecto al Estado. Éste puede cifrarse, actualmente, en cinco millones y medio de toneladas de GEI.

A partir de estas cuentas el PESA asume un planteamiento de profunda carga política que pretende ser el criterio básico para la financiación pública estatal de la lucha contra el cambio climático. Si bien se expresa mediante fórmulas complejas, la idea central es que la distribución de la financiación del Estado (es decir, de todos los ciudadanos cascaterranos) en la reducción de las emisiones no ha de ser proporcional al exceso de cada una respecto al objetivo de Kioto (es decir, no debe darse más dinero a quienes más gases emiten) sino, por el contrario, respecto al defecto que cada Comunidad presenta con la media nacional. No es de recibo que las Comunidades menos desarrolladas financiemos la corrección de un desarrollo industrial cuyos beneficios no nos han tocado; lo justo es, en cambio, que la solidaridad estatal en la lucha contra el cambio climático prime precisamente a quienes menos resultamos favorecidos por ese desarrollo que, ahora se demuestra, pone en peligro la calidad de vida de todos. En un paso más en esta línea, el PESA calcula la cuantía mínima que anualmente (y hasta 2012) ha de aportar el Estado, así como los porcentajes de la misma que han de corresponder a cada una de las Comunidades Autónomas.

Llegados a este punto surgen dos graves problemas. El primero es que la cuantía total de aportación del Estado según el PESA es aproximadamente diez veces más que la contemplada en el proyecto de presupuestos. Anselmo Ruiz Fontecalda defiende que la cantidad propuesta en el Plan es la mínima que corresponde al Estado para saldar las “deudas del desarrollo desigual contaminante”, tomando como referencia los diferenciales de las tasas de cada Comunidad Autónoma respecto al compromiso cascaterrano con Europa. Es pues, recalca, un dato de estricta justicia, el ejercicio de la solidaridad obligada, ya que tal ha de ser la función del Estado. De otra parte, la escasa magnitud financiera prevista en el presupuesto estatal, así como la preocupante evolución de las emisiones a nivel nacional durante los últimos años, demuestran, a juicio del Director de la Agencia, la falta de voluntad real por parte de los gobernantes de Cascaterra en la lucha contra el cambio climático y desnudan inmisericordes la hipocresía de sus proclamas electorales.

El segundo problema se refiere, obviamente, a las cuotas de participación y, en particular, a la que corresponde a Chipunia. El PESA propone que nuestra Comunidad reciba el 30% de dicha partida presupuestaria, aunque su peso demográfico en el conjunto del Estado se sitúa en torno al 5%. De todas estas cifras resulta que el Estado debe destinar sólo a Chipunia el triple de la cantidad que ha presupuestado para el conjunto de Cascaterra. Las cantidades estimadas no sólo permitirían la completa financiación de las dos grandes líneas de actuación ya señaladas, sino que todavía dejarían unos remanentes cuya administración habría de corresponder al Gobierno chipuno. En principio, tales dineros se destinarían a subvencionar iniciativas que contribuyeran a la reducciones de las emisiones de GEI, siempre que las mismas fueran llevadas a cabo por empresas chipunas, bien en la propia Chipunia o en aquellos territorios que el Gobierno califique de “preferente inversión chipuna”.

Con sólo lo dicho hasta aquí, es fácil comprobar que la viabilidad del PESA depende muy directamente (demasiado) del acuerdo con el Estado y eso no parecería muy probable. Sin embargo, lo cierto es que, contrariamente a su tradición pactista, el PICHi viene manteniendo sobre este asunto una actitud descaradamente intrasigente. El prestigio de Anselmo Ruiz Fontecalda, ajeno a vinculaciones partidistas, y su abrumador despliegue de datos y análisis cuantitativos, han logrado que en Chipunia nadie se atreva a cuestionar la validez de las premisas básicas del PESA. De otra parte, el éxito mediático de las campañas estatales para la concienciación de la gravedad del cambio climático, hacen que tampoco prácticamente nadie ponga en duda que la máxima prioridad de la sociedad deba ser la lucha contra el mismo. Así, en el ámbito político chipuno se ha alcanzado una casi unanimidad en el apoyo al PESA, incluyendo, por extraño que parezca, a los partidos estatalistas. El Partido Moralista de Cascaterra (PMC), pese a las escépticas declaraciones que otrora hizo su líder nacional sobre el calentamiento global, no ha dudado en dar su entusiasta apoyo al Plan Estratégico; si bien es socio del PICHi en el Gobierno de Chipunia, las malas lenguas creen que su comportamiento se debe tanto a las ganas de poner en aprietos al Partido Socialista Cascaterrano a nivel nacional como a los negocios que algunos de sus más destacados dirigentes prevén conseguir con las futuras subvenciones “contra el cambio climático”. Por su parte, el FLiPA, la “marca” chipuna del partido socialista cascaterrano, después de haber mantenido durante la última legislatura que la Ley 53/2005 era un mero brindis al sol y haber acusado duramente al PICHi de carecer de una política efectiva ante la gravedad de la amenaza ecológica, ha caído en su propia trampa y se ha visto incapaz de otra respuesta que validar tímidamente el Plan de la Agencia chipuna.

Así que el PICHi se encuentra, gracias al muy mayoritario consenso político y social en Chipunia y a su hábil propaganda en el resto del Estado, en una posición de fuerza nunca antes vista en la corta (apenas veinte años) historia del partido. Los dirigentes nacionalistas, siempre desde foros ajenos al Gobierno, se explayan en declaraciones que suenan mucho a órdagos al Estado. El pueblo chipuno, ha llegado a decir Aquilino Jambón, no podría admitir ser cómplice de un Estado carente de la mínima responsabilidad ecológica; hemos soportado a lo largo de nuestra historia una continuada opresión colonial pero ésta ha de tener un límite, máxime cuando ese límite atañe a nuestra supervivencia como especie. Pero, al mismo tiempo que se suceden estos cacareos mediáticos, el gobierno chipuno ha empezado a dar algunos pasos, titubeantes todavía, bajo el manto (o con la excusa) de la lucha contra el cambio climático. Así, por ejemplo, ha firmado convenios de colaboración con otras Comunidades Autónomas e incluso con otros países para llevar a cabo actuaciones ambientales conjuntas, comprometiendo, antes de haberlas conseguido, las subvenciones que habrían de venir del Estado. Además, en aplicación de los mecanismos previstos en la Ley 53/2005 (los que calificábamos de “extralegales), se han adoptado ligeras medidas intervencionistas sobre algunas empresas privadas (todas multinacionales cascaterranas) que, de momento, han pasado desapercibidas.

Con este panorama, la atención política chipuna se centra ahora en la próxima reunión que se celebrará en San Trifón del Río entre el presidente de Cascaterra con tres miembros de su gabinete y el Consejo de Gobierno de Chipunia. Ya sólo que la cita sea en Chipunia es claro síntoma de que el gobierno del Estado sabe que debe buscar vías de acuerdo con el chipuno; algunos interpretan incluso que la negociación, en contra de lo que parecería indicar el sentido común, se presenta más favorable a las tesis del PICHi, insinuando que éste cuenta con bazas que todavía no ha hecho públicas. En cualquier caso, lo que todo observador constata es que en ningún otro sitio se ha logrado como en Chipunia convertir la lucha contra el cambio climático en el centro de la vida política, económica y social. Contra todo pronóstico, quizá la apuesta por ocupar la vanguardia ecologista sea el motor del desarrollo chipuno en esta próxima década.

domingo 11 de mayo de 2008

Crossroads, by Robert Johnson

Era agosto del 28; tenía diecisiete. Casi dos meses en las carreteras desde que salí del condado de Copiah, Mississippi. Un negro pobre y con miedo subía el río, las tierras del Delta. Willie Brown vive en Drew, apenas ya cincuenta kilómetros.

La noche anterior vi dos negros colgados de un árbol. Multitud de blancos. Me dijeron que los habían sacado de la cárcel del condado de Bolívar para lincharlos sin juicio. Los blancos me gritaron: no queremos negros cuando el sol se pone. Salí por patas. Yo sólo quiero tocar blues.

Estoy a las afueras de Rosedale, he caminado por la Highway 1. Las praderas pantanosas descienden hasta el Mississippi. Un armadillo se esconde entre los matojos. Busco la West Highway 8, hacia Pace. Quizá allí encuentre techo para esta noche.

Llegué al cruce y caí de rodillas. Ten compasión, Señor, rogué; apiádate del pobre Bob, por favor. Hice señas a los autos que pasaban, pero ninguno paró. Soy un negro invisible: nadie quería saber nada de mí. Ay, el sol está poniéndose, la oscuridad va a pillarme aquí. Uno puede correr, correr y correr; eso dice Willie Brown. Estoy cansado y tengo miedo.

Negro, lárgate de aquí o tus pies dejarán de tocar el suelo, dos granjeros amenazan desde una camioneta vieja. Corro hacia el río pero tropiezo y caigo entre el pasto amarillento. Señor, grito, y la oscuridad ya me ha invadido. ¿Qué quieres, Robert Johnson? La voz retruena y levanta un fuerte viento. Pero no había nadie. Y otra vez: ¿Qué quieres, Robert Johnson?

Señor, Señor, sálvame, salva a este pobre negro. No soy Dios, dijo la voz, dime qué quieres. Las aguas pantanosas hedían, el viento había cesado, la oscuridad silenciaba el tiempo. Tocarás el blues, Robert Johnson, serás un maestro del blues, recordado siempre. ¿Es eso lo que quieres, Robert Johnson? La noche era cálida pero sentía hielo por dentro. Y, sin embargo, el miedo había desaparecido.

Me enderecé y miré pero nada veía, sólo oscuridad. Sí, dije, eso es lo que quiero. ¿Pagarás el precio? No necesité que me dijera cuál; sólo quise saber el plazo. Serán diez años, respondió. Pagaré, susurré, Dios no atiende a los negros. Entonces un golpe seco me arrojó hasta la carretera, mi cabeza golpeó el asfalto. Un hilo de sangre manó de mi frente y trazó signos rojos que brillaron un instante para enseguida volatilizarse.

Hoy se cumplen los diez años. Ahora estoy también en un cruce de carreteras, a las afueras de Greenwood. De vuelta en Mississippi, pero he viajado mucho desde que era un chaval asustado. He tocado la guitarra como nadie lo había hecho hasta ahora. También he grabado mis canciones: ese es mi legado, por el que siempre me recordarán, como me dijo la voz aquella noche. No sé si el precio era demasiado caro, pero es lo que hay. Miro hacia la ventana y los reflejos de las luces me parecen dibujar una sonrisa irónica contra el negro de la noche. Levanto mi vaso whiski y brindo hacia la oscuridad.
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Este post recrea torpemente la leyenda de Robert Johnson y su pacto con el diablo en un cruce de carreteras (crossroads). Si bien he procurado ser verosímil en fechas y lugares, lo cierto es que hay diversas versiones de casi todo; así que he optado por las que más me gustaban.

Hay muchos que opinan que Johnson es el bluesman más importante de la historia; pero eso va en gustos. Lo cierto es que, tras su muerte, no fue casi conocido hasta que en 1961 Columbia reeditó sus viejas canciones (King of the Delta Blues Singers). Y su éxito llegaría (creo) antes en Inglaterra que en los USA, gracias a los grandes del rock británico, quienes lo reivindicaron como una de sus referencias fundamentales. Estoy hablando de Alexis Korner y John Mayall, primero, y luego los Rolling, Jimmy Page, Eric Clapton, Mike Fleetwood y un larguísimo etcétera.

El cuarto párrafo del post es una traducción libre de Crossroads, la canción de Johnson que supuestamente evoca el momento que narro. En el primer video se puede oír su propia versión, imagino que "arreglada" a partir de la grabación de noviembre del 36 en San Antonio, Texas. El segundo video corresponde a una versión en vivo de Eric Clapton (estuve tentado de poner la "original" de Cream) que desconozco dónde y cuándo; aun así, cabe aventurar que entre ambas debe haber una distancia de seis o siete décadas.


jueves 8 de mayo de 2008

¿Querrías conocer la fecha de tu muerte? (II)

Alberto, Alberto, ¿qué te ha pasado? Él me mira, rayos son sus miradas, atraviesan mis ojos e incendian mi cráneo. Habla despacio, como si las palabras le arañasen la garganta: Clara, puede saberse. Está escrito, ¿recuerdas? Y si yo sé leerlo ... Entonces calla y veo el miedo, velo gris que asemeja el sueño. Le pesan los párpados, mas sus puños me atenazan las manos. Sigue ahora un susurro asustado: No es exactamente información genética; al menos no en la forma en que vamos descodificándola. Sería algo así como un metacódigo, un complejo sistema criptográfico de referencias cruzadas que relaciona adeenes de individuos distintos, sin que siquiera las especies sean barrera. Estoy simplificando, Clara, recurriendo a las metáforas que tanto sabes que odio. ¿Cómo decírtelo, si no? Imagina que no fuéramos más que piezas de un inmenso organismo vivo y que la vida de ese ente que es todo nuestro universo fuera representar una historia ya escrita, un guión minucioso y totalitario. No puedo asegurar que esa vida, esa infinita combinación de acciones, sea necesariamente única, que haya de serlo desde el inicio. Porque, si así fuera, no habría tiempo ni vida. Puede pues que cada uno de nosotros, cada una de nuestras células, cada átomo del todo disponga de cierto margen de libertad; puede que se trate de un guión abierto. Mas sé a ciencia cierta que todas las agrupaciones celulares que nos llamamos individuos llevamos inscrita la fecha de caducidad. La muerte tiene apuntada su cita desde el principio y es siempre puntual.

Rüdiger había estado contándome de las investigaciones de mi ex marido. Dormí unas tres horas a golpe de pesadillas y despertares, pero bastaron para calmar la angustia dolorosa. Aleteos de sol me cosquilleaban y abrí los ojos; el alemán, a contraluz, parecía observarme sonriendo. Buenos días, Clara, acabo de hablar con el Hospital; Alberto está mucho mejor; creen que en unas horas despertará. Un café con leche y cruasanes crujientes en la cocina. Ni rastro de los dos hombres; les pedí que se fueran, me dijo. Fue como si se diera permiso para hablar y empezó con voz queda, en un inglés átono y espaciado, revisando cada palabra antes de pronunciarla.

Ya sabes que tu marido es una de las mayores autoridades en la investigación genética de las apóptosis, la muerte programada de las células. De hecho, nuestros laboratorios le contrataron para que se centrara en ciertos procesos degenerativos celulares que están asociados a determinados códigos genéticos; aparecen, la mayoría, a partir de edades avanzadas. Los primeros meses, Alberto hizo progresos extraordinarios, tantos que los directivos estaban entusiasmados y le concedieron aumentos de presupuesto nunca vistos. Empezamos a ensayar algunas manipulaciones genéticas en plantas y animales de laboratorio, con resultados sorprendentes, enormemente esperanzadores. Yo mismo, que desde el principio me volqué en su trabajo, estaba exultante; pensaba que en pocos años revolucionaríamos los tratamientos de la vejez. Si no la inmortalidad, parecía que podríamos ser capaces de facilitar prórrogas cada vez más amplias a nuestros organismos.

Tras los desbordantes éxitos empezaron a llegar reveses inexplicables. Era como si la muerte deshiciese nuestros arreglos. Los nuevos genes provocaban alteraciones no previstas en otros de modo que, con precisiones casi matemáticas, devenían los mismos efectos en los individuos manipulados. Pensamos en la denostada hipótesis de aquel viejo profesor de tu marido, García Carrasco, ¿te acuerdas? Sostenía que todas las instrucciones genéticas estaban rígidamente vinculadas entre sí, de modo que cambiar alguna producía irremisiblemente un "error de sistema". Por supuesto, casi nadie le hizo caso; las pruebas de que estaba equivocado se acumulaban a medida que progresaban las terapias génicas. Pero Alberto empezó a preguntarse si no habría relaciones más complejas, más ocultas, si quieres. Una vez, sin apenas mayores explicaciones, me comentó que dudaba de la autonomía funcional de cada programa genético; el individuo no es el límite, fueron sus palabras finales.

Pero eso fue ya en este último año, cuando había cambiado. Cambió el carácter: se volvió hosco, solitario, malhumorado; pasaba demasiado tiempo en el laboratorio, se saltaba los protocolos, no dejaba constancia de sus notas y no quería comentar sus investigaciones con nadie. Cambió a la vez el objeto de sus trabajos, aunque ninguno habríamos podido concretar cuál era. En todo caso, lo que es incuestionablemente cierto es que dejó de dar resultados y, naturalmente, la empresa se preocupó. No obstante, su gran prestigio hizo que le concedieran un periodo de gracia más que amplio antes de llamarle al orden. Hará un mes le citaron los jefazos y sólo sé que esa reunión no satisfizo a nadie. Tu marido sabía que se la estaba jugando, Clara, que no le quedaba mucho tiempo antes de ser expulsado, incluso desprestigiado profesionalmente. Aun así, nada cambió ni en su comportamiento ni en su actitud. No le importaba, así que no está ahí la razón de su intento de suicidio. Sin embargo, sí pienso que esa razón se encuentre en lo que haya podido descubrir; o quizá en lo que él crea que ha descubierto que, para el caso, viene a ser lo mismo. Pero eso sólo Alberto lo sabe.

Alberto lloraba en silencio, las lágrimas resbalaban mientras sus manos apretaban más y más las mías, tanto que el dolor se empezaba a hacer insoportable. Me acosté a su lado, casi sobre su cuerpo tembloroso. Nos abrazamos y sentí que también yo lloraba sin sonidos, y ambos nos bebíamos las lágrimas del otro. No tendría que ser así, dijo, y era la voz de un niño asustado. Le acaricié la cara, el pelo, le besé en los ojos y en los labios: no tengas miedo. Pero he dejado demasiadas pistas, balbució, ¿cómo no tenerlo?

Poco a poco, los sollozos cesaron y volvió el letargo a su cuerpo cansado. Después, tras un rato largo, quise hacerle la pregunta que me quemaba. Me contestó sin necesidad de que la enunciara: Sí, Clara, sé la fecha de mi muerte; faltan aun varios años. ¿Y el suicidio? ¿Fue para rebelarte, para ejercer tu libertad soberbia? Era un experimento llevado al límite, quizá también un grito desesperado. Siempre tenemos la duda y, sin embargo, mientras me dormía soñé que habría de despertar y también que tú estarías aquí, a mi lado.

Estoy ahora en Nerviano. Dentro de poco ha de llegar el de la inmobiliaria que se ocupará de vender el apartamento. Esta mañana firmé el finiquito. Las maletas están hechas, el billete de avión comprado. No sé dónde está Alberto, pero sí el lugar en que he de esperarlo. ¿Cómo podrás vivir los años que sabes que te quedan? Exprimiéndolos, me dijo, y me gustaría tanto que fueran contigo. ¿Y yo? ¿Conoces la fecha de mi muerte? No, mi amor, podría saberla, pero no quiero, ni quiero que tú la sepas. Esta noche me iré de aquí, antes de que me obliguen a hablar. Ellos ya lo sospechan; ansían los secretos del destino, pero esa ansiedad forma también parte del guión escrito.

El cadáver de Rüdiger apareció una semana después en el Rhin (pobre Rüdiger, había dicho Alberto). Él ya había desaparecido, yo también me había marchado de Basilea. No hablé con los ejecutivos de los laboratorios suizos, casi tampoco le dije nada a Rüdiger. Por supuesto, no creo en lo que me contó mi marido, no creo en un destino escrito ni en una muerte que acude en fechas prefijadas. Pero si creo que Alberto lo cree, y eso me basta. Pero, aunque me niegue a aceptar su teoría, intuyo que está en la base de un juego siniestro de poder y ambición. Quiero alejarme de esa partida en la cual soy un peón frágil y prescindible. Esté o no escrita mi fecha, deseo que no sea pronto, que no llegue antes de reunirme con Alberto. Pero un coche ha aparcado frente a mi casa y, desde la ventana, veo que bajan dos hombres con trajes grises que no parecen de ninguna inmobiliaria.

sábado 3 de mayo de 2008

¿Querrías conocer la fecha de tu muerte? (I)

¿Querrías conocer la fecha de tu muerte? Esa pregunta rompió su silencio ensimismado; así, a bocajarro, con una mirada muy triste. Había despertado una hora antes. Me lo advirtió, sin abrir los ojos, apretándome la mano que tenía sobre las suyas. Yo llevaba más de tres horas junto a su cama, apenas sin levantarme de la silla, observando en ese cuerpo narcotizado cada uno de sus casi imperceptibles movimientos. Lo escrutaba obsesivamente, como si quisiera descubrir alguna clave que explicara el intento de suicidio de mi ex marido.

Era sábado, hacia el mediodía. Sábado 16 de mayo de 2015, para ser exactos. El día anterior, el viernes 15 de mayo de 2015, serían las nueve de la noche, llegaba reventada y sola al apartamento de Nerviano; ese mes me tocaba la sede de Milán. Tiré el bolso en el sofá de la sala y me encerré en el baño; casi al instante sonó el móvil. En el visor una llamada perdida y luego un nombre, Rüdiger ... ¿Rüdiger? Tardé un poco en recordar: el compañero bávaro de Alberto en el laboratorio de Basilea. Lo conocía muy poco, de los primeros días de Alberto en Suiza; cuarenta y pico, alto y flaco, muy feo y muy hablador, aunque costaba entender su sucio alemán del sur y la cosa no mejoraba demasiado con su inglés. Si Rüdiger me llamaba, algo le había pasado a Alberto.

Pulsé el botón de devolver llamada e inmediatamente la voz de Rüdiger. Clara, es Alberto, muy grave, en el Hospital Universitario, deberías venir ... ¿Qué ha pasado, Rüdiger (maldito acento bávaro)? No me lo quería decir, rodeos titubeantes, pero al fin: barbitúricos, muchos, estaba en coma, había sido en el propio laboratorio, él se había ido a la hora de almorzar, los viernes no trabajan por la tarde, pero había vuelto a las cuatro, quería revisar unos resultados, casualidades, y ahí estaba Alberto, echado boca arriba sobre la mesa de reuniones, con la bata puesta pero sin zapatos. No puede ser Rüdiger, no puede ser. Pero era, y colgué y sin fijarme en lo que hacía llené la maleta pequeña y bajé al sótano y arranqué el coche y lo enfilé hacia la autostrada de los Lagos. No necesitaba activar el navegador GPS: todo recto hasta Basilea; eso sí, cruzando los Alpes y Suiza entera.

Casi hacia medianoche entraba en Suiza. La breve detención en la frontera me obligó a tomar conciencia de mí misma, de lo que estaba haciendo. Venía actuando como si todos mis movimientos fueran guiados por un piloto automático, sin intervención de mi voluntad y mucho menos de mis pensamientos que parecían dormidos. Pero entonces, de pronto, sentí dolor en todo el cuerpo. Crucé la frontera y entré en Chiasso, un pueblito anodino y callado de casas unifamiliares. Callejeé a marcha lenta hasta toparme con un bar abierto en la estación. Sólo dos hombres sentados a una mesa y una camarera negra inmensamente gorda. Cogí una tarrina de plástico que encerraba una ensalada nada apetitosa y pedí un café muy cargado. Cuando me lo llevó a la mesa, la gorda, en un italiano ceceante, me preguntó si buscaba hotel. No, he de seguir viaje, le dije. Bueno, respondió, quizá sea lo mejor; hay que hacer lo debido, aunque sea inútil. ¿Qué quiere decir? Disculpe, no pretendí molestarla, y se fue tras la barra. El rato que pasé allí, mientras comía, sentía su mirada fija en mí. Los dos hombres, de improviso, empezaron a discutir a gritos en ruso. No entendía nada y noté que la ansiedad me oprimía. Me levanté y salí.

Lugano, Lucerna y otras poblaciones de toponimias italianas primero y alemanas después; todos entrevistos como mosaicos de luces indiferentes desde la autopista y a velocidad constante. No iba rápido, el aire fresco de la primavera alpina me mantenía despejada, recordaba a Alberto, nuestros veintitrés años de vida en común. Nos separamos porque no podíamos vivir juntos; demasiadas diferencias en nuestros anhelos de incompatible coexistencia. Y, sin embargo, cada uno sabía que no quería vivir con nadie que no fuera el otro. Evoqué los intentos tímidos de un arreglo cuando decidió aceptar la oferta de Basilea; pensamos entonces en Lugano, a medio camino entre Milán y su nuevo laboratorio. ¿Fue mi orgullo el que truncó una opción de consenso? La duda me agobiaba mientras conducía; me incomodaba cuestionar mi "versión oficial"; necesitaba sostener ante mí misma que Alberto no cumplió su parte, que me seguía debiendo algo.

Casi eran las cinco de la madrugada cuando llegué al Hospital Universitario de Basilea. En la recepción había un sobre a mi nombre; era una nota de Rüdiger: que lo llamase. Antes quise ver a mi ex marido, pero no lo permitían. Pregunté por el médico responsable, pero no estaba. Sentía la rabia, una garra espinosa que me apretaba y rajaba las vísceras. Era un dolor que salía hacia afuera, agresivo, pero que, al mismo tiempo, tapaba al otro, más hondo y sordo. La rabia me mantenía activa, el otro me hubiese apabullado, embotado en el agotamiento. Sin darme cuenta empecé a gritar; quería ver a mi marido (ya no era ex). Sin darme cuenta aparecieron dos agentes de seguridad interna; señora, por favor, debe retirarse. Sin darme cuenta, flanqueada entre ellos, levitaba (¿o era yo quien caminaba?) hacia el aparcamiento. ¿Necesita que la acompañemos a algún lugar? La voz del chico (era muy joven) sonaba amable, casi cariñosa. No, gracias, disculpen. Sabemos que hace lo que tiene que hacer; no debe preocuparse, señora; además no gana nada, es inútil. Perdón, no entiendo. Pero ya se habían ido y ahí estaba yo, de pié junto a mi coche, sola frente a un edificio en el que yacía Alberto, mientras el amanecer se insinuaba tímidamente.

Como la otra vez, Rüdiger contestó al teléfono casi de inmediato. Ven a mi casa, me dijo, así podrás descansar; hasta las nueve no dejan entrar a nadie. Me gustó que usara el imperativo, que eligiera frases cortas, inequívocas, que no me diera margen para decidir. Mi cuerpo necesitaba órdenes simples y directas. Pero mi voluntad parecía haberse derrumbado y mi capacidad de raciocinio se deshacía. Conduciendo hacia la casa de Rüdiger no lograba entender las instrucciones del navegador y me costó unos cuantos errores absurdos llegar. Era un chalet precioso, muy al estilo Meier, de volúmenes limpios, sin apenas concesiones. Además, pegado al río; seguro que esa era la mejor zona residencial de Basilea, pensé.

Rüdiger me abrió, de nuevo inmediatamente, ¿todo lo hace en el acto, este hombre? En el mismo umbral me abrazó, sin saludarme siquiera. Mi cuerpo amagó con tensarse; mi reacción instintiva ya absolutamente interiorizada. Pero al cerrarse esos huesudos brazos sobre mi espalda y apretarme hacia él más estrechamente de lo convencionalmente adecuado, sólo deseé abandonarme, disolverme en ese alemán que tan poco conocía. Fue un rato largo, largo y extraño. Fue él quien, despacio y en silencio, aflojó su abrazo y empezó a separarme, casi a cámara lenta, con minucioso cuidado, como si manipulara una fragilísima porcelana (no andaba errado: tal era yo en ese momento). Tranquila, Clara, todo va a salir bien. La vida de Alberto no corre ya peligro; esperan que despierte del coma de un momento a otro. Pero, ¿Por qué, Rüdiger? ¿Sabes por qué ha intentado suicidarse? No, no lo sé; aunque han ocurrido cosas raras en estos últimos meses y tu ex marido ha estado raro. Te lo contaré, pero no ahora. Estás agotada y debes descansar un rato. Querrás que Alberto te vea guapa cuando despierte, ¿a que sí?

Me conduce hacia dentro de la casa, una sala de doble altura y enorme cristalera hacia el lago. Dos hombres se levantan a nuestra entrada, ambos sesentones, cabezas canosas, delgados, trajeados de marca. Señora Carducci, mi apellido de casada declamado a dos voces, suaves y profundas, acentos neutros. Rüdiger me presenta. Los dos son altos mandamases de los laboratorios; ¿qué hacen aquí? Imaginamos que estará agotada, señora Carducci; el doctor Carducci está fuera de peligro, ya se lo habrá dicho el doctor Bauer. Sí, me lo ha dicho, quizá debería descansar un rato, si ustedes me disculpan. Por supuesto, señora; no obstante, cuando esté descansada, cuando su marido se encuentre mejor y lo haya visto, nos encantaría poder conversar con usted sobre él. Naturalmente, siempre que no le moleste. ¿Estará algunos días en Basilea? Rüdiger me rescata de ese educado pero insistente interrogatorio a dos voces que parece una sola, me hace atravesar sus palabras que apenas llego a procesar dirigiéndome hacia un lateral de la sala, unos escalones que bajan hasta una puerta roja, un umbral escondido, protegido de no se qué amenazas intuidas.

Rüdiger abre la puerta y asoma un dormitorio, la cama bien hecha, las persianas entornadas. Vuelve a abrazarme bajo el dintel y ahora soy yo la que, sin pensarlo, aprieto todo mi cuerpo contra el suyo. Noto sus manos acariciando mi espalda, bajando despacio hasta mis nalgas. Me aprieto más, empujo mi sexo hacia el suyo, siento que quiero meterme dentro de él, refugiarme, olvidarme, abandonarme. Acuéstate conmigo, Rüdiger. No sé si lo he dicho en voz alta o sólo lo he pensado. Pero es lo que necesito, descansar abrazada a ese hombre flaco y feo, a quien casi no conozco. Entramos despacio en el dormitorio y, a cada paso, noto que Rúdiger va desabrazándome. De pronto está separado de mí, sus manos en mis hombros, una mirada triste y a la vez divertida. Descansa un rato, Clara, te despierto en un par de horas. Me besa suavemente en los labios y se va. Cierra la puerta roja.

sábado 26 de abril de 2008

Curas en la sanidad pública

En estos días se ha armado un pequeño revuelo a propósito de un convenio firmado entre el Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Juan José Guedes, y el Obispo Auxiliar de Madrid, en representación de los obispos de las diócesis que se localizan en dicha provincia. La polémica surge porque en dicho convenio, se acuerda que el Servicio de Asistencia Religiosa Católica (SARC) de cada hospital público formará parte del Comité de Ética y del Equipo Interdisciplinar de Cuidados Paliativos. La Cadena Ser (que creo que es la que "destapó" la noticia) informa que estos "comités se encargan de decisiones tan trascendentales como dar o no sedación terminal a un enfermo, practicar un aborto a una mujer o decidir si se reanima o no a un bebé con malformaciones en la unidad de neonatología". "Así que -sigue diciendo- los capellanes, además de visitar a los enfermos y oficiar misa intervendrán en cuestiones morales que afectan a los pacientes". Luego me entero que la Asociación El Defensor del Paciente recurrirá ante el Tribunal Constitucional este convenio al considerar que "afecta al derecho constitucional a decidir en el ámbito sanitario; la citada asociación afirma que ninguna administración puede por capricho imponer sus ideas a los ciudadanos sin consultarles (de lo que se deduce que piensan que con el convenio el gobierno derechón de Madrid está imponiendo sus ideas a los ciudadanos). Por último, en El País de ayer, leo que "el Gobierno ha pedido a la Fiscalía y a la Agencia de Protección de Datos que estudien si procede emprender acciones legales contra el convenio ... que permite la presencia de sacerdotes en los comités de ética de los hospitales públicos". Dice además el periódico que María Teresa Fernández de la Vega, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, ha explicado que "los servicios públicos de salud no pueden imponer a los pacientes criterios basados en creencias religiosas" (de lo que se vuelve a deducir lo mismo que con las declaraciones de la anterior asociación).

Por esta vez, y sin que sirva de precedente (no simpatizo ni con los obispos ni con el gobierno madrileño), opino que ni la Comunidad de Madrid ni la Iglesia han hecho nada reprochable y opino además que se está aprovechando un hecho bastante inane para montar una bronca desmesurada y demagógica, cayendo en la manipulación informativa (cuando no en la mentira descarada). Me molesta personalmente porque creo que este tipo de actitudes desprestigian las posiciones laicistas serias y contribuyen justamente a lo que se supone que quieren combatir.

De entrada, hay que decir que esos "comités éticos" son meramente asesores, orientativos, en ningún caso toman decisiones sanitarias. La historia de estos comités, sus funciones y otros aspectos están explicados en varias páginas de internet (por ejemplo, en esta). En España, la primera comunidad autónoma que reguló su funcionamiento fue la catalana; en el caso de la Comunidad de Madrid, la norma reguladora es el Decreto 61/2003, de 8 de mayo, que en su artículo primero define al Comité de Ética para la Asistencia Sanitaria (CEAS) como aquel comité consultivo e interdisciplinar, cuya finalidad es asesorar sobre posibles conflictos éticos que se pueden producir en la práctica clínica asistencial en el ámbito de las organizaciones e instituciones sanitarias, con el objetivo de mejorar la calidad de la asistencia sanitaria y proteger los derechos de los pacientes". Las funciones de los CEAS son las de proponer al hospital medidas para la protección de los derechos de los pacientes, asesorar a los profesionales y a los ciudadanos en la toma de decisiones que planteen conflictos éticos, analizar y proponer, si procede, soluciones a tales conflictos, proponer a la institución protocolos de actuación ante aquellas situaciones frecuentes que generen conflictos éticos, y colaborar y promover la formación en bioética. Dice también el citado decreto madrileño las que, en ningún caso, son funciones de los CEAS y, entre ellas, destaco las de emitir juicios sobre la ética de los profesionales o las conductas de los pacientes y familiares, tomar ninguna decisión vinculante, o asumir responsabilidades que son de los profesionales sanitarios. Por tanto, al menos en el marco legal madrileño, no es verdad, como afirma la SER, que estos comités se encarguen de ninguna decisión médica, sea o no trascendental.

De otra parte, el Decreto regulador de los CEAS ya señalaba que "podrán también incorporarse las personas que presten asistencia religiosa", así como incluso "personas ajenas a la institución con interés acreditado en ética". El Convenio lo que viene a hacer es generalizar a todos los hospitales públicos madrileños esta posibilidad, así como la existencia en cada uno de ellos del Servicio de Asistencia Religiosa Católica. A mi modo de ver, lo que se ha hecho es posibilitar el ejercicio de un "derecho" previamente concedido a la Iglesia (dar asistencia religiosa a los enfermos y formar parte de los CEAS), convirtiéndolo en una obligación para la administración hospitalaria. Es un matiz (importante o no) que, en todo caso, me parece consecuente con el texto legal. Si ya se reconocía a los capellanes hospitalarios el participar en estos comités, lo que se hace ahora es "impedir" que la dirección no les dejase participar en el CEAS.

Hay una razón evidente para pensar que tiene sentido que haya presencia católica en estos comités: las implicaciones éticas de las decisiones sanitarias en muchos casos se relacionan con la creencias religiosas, tanto de los profesionales como de los pacientes y familiares; y un porcentaje muy significativo de estas personas, en España, tienen creencias católicas. No creo que sea descabellado, manteniendo una elemental ecuanimidad, que entre todos los miembros de un CEAS (en Madrid, un mínimo de 10) haya alguien que exprese los criterios éticos católicos. Además, quiero pensar que los capellanes de hospital, con sus experiencias en el dolor y la muerte, sabrán por lo general conjugar la doctrina cristiana con la compasión humana (más me preocuparía que en esos comités estuvieran algunos obispos). Y, repito, todo ello dentro de los estrictos límites que establece la Ley para los CEAS: opinar y valorar en el seno del comité, como uno más; no imponer decisiones ni presionar a pacientes o familiares.

Así que a mí no me escandaliza que haya curas en los CEAS. De hecho, parece que es habitual, con o sin convenio con la Iglesia, en muchos hospitales fuera de Madrid y fuera de España. Lo que me preocuparía es que esos CEAS se extralimitasen de sus funciones asesoras, lo haga el cura o quien fuese. Porque, aunque este tema daría para discutir mucho (pero excede el objeto de este post), una cosa es que pueda ser buena la reflexión genérica y específica sobre las implicaciones éticas de la sanidad y otra muy distinta que, sea desde ámbitos religiosos o laicos, se nos impongan las decisiones. Lo grave de las palabras de la vicepresidenta del Gobierno es que insinúan presupuestos peligrosos. "Los servicios públicos de salud no pueden imponer a los pacientes criterios basados en creencias religiosas": Pero, ¿es que acaso sí pueden imponer criterios basados en otras consideraciones éticas? Pero, ¿piensa la vicepresidenta que los CEAS pueden imponer algo, haya o no curas? Porque ahí está el meollo: que por mucha regulación legal, resulte que, en la práctica, los CEAS puedan imponer que se haga o no un aborto, que se faciliten o no cuidados paliativos, que se reanime o no a un bebé. Y, si tanto escándalo se monta a raíz del convenio madrileño, el comportamiento de quienes protestan sólo es explicable bien porque saben que los CEAS influyen activamente en la toma de decisiones (y no les parece mal siempre que no intervengan criterios religiosos) o bien porque aprovechan la excusa para arremeter demagógicamente contra la Iglesia errando en esta ocasión, a mi juicio, en el blanco (y mira que hay asuntos en los que criticar a la Iglesia) y, de rebote, fortaleciendo las posiciones eclesiásticas. Tiendo a pensar que la segunda explicación es la más cercana a la verdad.

miércoles 23 de abril de 2008

Por la creación del Instituto Volcanológico de Canarias

Tras la erupción, en noviembre de 1985, del volcán colombiano Nevado del Ruiz (que supuso más de 25.000 muertes, entre ellas la de Omayra Sánchez, esa niña a cuya estremecedora agonía asistimos en directo), una misión científica española que allí fue elaboró un informe al Gobierno español con unas recomendaciones para prevenir los riesgos volcánicos en el único territorio de nuestro país en donde existen, que es Canarias. Una de las medidas propuestas era la creación de un instituto vulcanológico, centro científico con la función de recabar datos, interpretarlos y asesorar a la Administración respecto a las políticas de protección civil. Entre todos los especialistas en esta materia hay completa unanimidad en la conveniencia, necesidad e incluso urgencia de constituir este centro y dotarle de medios que lo hagan efectivo.

Sin embargo, no pasa nada hasta enero de 1996, cuando el Consejo de Ministros aprueba una directriz básica de planificación de protección civil ante el riesgo volcánico, que ordena a los Gobiernos del Estado y de la Comunidad Autónoma que elaboren sendos planes y organicen sistemas de información, seguimiento y coordinación. Parece ser, no obstante, que en la práctica estas iniciativas no se mantuvieron con la constancia deseable y, en todo caso, no mejoraron la situación de descoordinación e indefensión que se sigue teniendo frente a una eventual erupción volcánica. Así las cosas, durante la pasada legislatura, y durante unos meses de cierta alarma social en esta Isla ante síntomas y rumores de que el Teide parecía con ganas de marcha, distintos representantes de las Instituciones Canarias iniciaron reclamaron al Gobierno del Estado actuaciones concretas en esta materia.

En su sesión plenaria de 2 de noviembre de 2005, por asentimiento unánime de todos sus miembros, el Senado aprobó una moción instando al Gobierno de la Nación a la creación del Instituto Volcanológico de Canarias (me suena fatal “volcanológico”, pero así está escrito). Este acuerdo fue aplaudido por todos, en Canarias, en España y fuera de ellos. Poco después, en enero de 2006, el Parlamento de Canarias aprobó una Proposición no de Ley que decía “que se tomen las medidas precisas para que, con carácter urgente e inaplazable, se proceda a la creación del Instituto Volcanológico de Canarias (IVC), financiado principalmente por la Administración del Estado y de la Comunidad Autónoma de Canarias, con el apoyo de los Cabildos Insulares” además de detallar sus funciones principales. Por parte del Gobierno español todo son siempre buenas palabras, pero lo cierto es que no hace nada. Casi dos años después del acuerdo del Senado que tantas ilusiones había despertado, el presidente del Cabildo de Tenerife, como senador, vuelve a solicitar en la Cámara Alta “por quinta vez” que se constituya urgentemente el Instituto. La ministra de Educación y Ciencia (quien, por cierto, proviene por parte paterna de familia canaria) se limitó en su respuesta a alabar las distintas iniciativas que el Gobierno había llevado a cabo para mejorar la investigación en materia vulcanológica, sin responder en absoluto a la pregunta concreta que se le había hecho.

Y se acabó la pasada legislatura y nada de nada. Llegan las elecciones y el PSC-PSOE presenta un anexo canario a su propaganda (“Motivos para creer”), porque Canarias tiene “personalidad propia” en su programa electoral. Comienzan diciendo que los socialistas están orgullosos de los logros obtenidos para Canarias como región ultra-periférica y que se comprometen a continuar impulsando iniciativas en la misma línea. Entre éstas, señalan que “todas las estrategias que nacen de un profundo y riguroso análisis ... apuntan claramente a la necesidad de la creación, con el concurso y la colaboración de todas las Administraciones Públicas, de un Instituto Vulcanológico en Canarias, concebido como una de las piezas claves de las que debe disponer la sociedad para cumplimentar eficientemente las acciones destinadas a la reducción del riesgo volcánico en nuestro país, además de asegurar una mejor gestión de los recursos públicos que, en la actualidad, se destinan a la reducción del riesgo volcánico en España”. Aunque no lo terminen de decir expresamente, parece lícito interpretar que ZP se ha comprometido electoralmente a crear el tan largamente reclamado Instituto. ¿O no? Pues no lo sé. Pero uno tiende a pensar que hay algún gato encerrado, porque llama la atención que algo sobre lo que hay un absoluto y generalizado acuerdo (al menos aparente) tarde tanto en ponerse en marcha. He leído algunas declaraciones de vulcanólogos que hablan de intereses ocultos que no quieren que se cree el Instituto, pero tampoco aclaran cuáles son esos intereses.

Yo no sé mucho del asunto, pero sí comparto una opinión que he oído por ahí y es la de que no hay suficiente conciencia pública de que vivimos en un territorio con vulcanismo activo. Si no hay suficiente conciencia en estas islas, no es de extrañar que mucho menos la haya en la península. Creo que es muy importante que se den todos los pasos necesarios para contar con la información y estrategias más adecuadas para prevenir y/o minimizar los riesgos; cualquier otra actitud sería la suicida del avestruz. Esta mañana me han hecho llegar otra petición por correo electrónico: que suscriba un manifiesto ciudadano que reclama la urgente e inaplazable creación del Instituto Volcanológico de Canarias en este 2008, Año Internacional del Planeta Tierra. Esta sí la he firmado, en primer lugar por evidente interés personal. Me permito pedir a mis lectores, aunque no vivan en Canarias, que también la apoyen. Gracias de antemano.

Sólo callarse es sincero

... Estas páginas son indudablemente románticas, pero también reales, puesto que aquel día de marzo existió de verdad, y también el regreso y el reencuentro. Sin embargo, el conjunto es artificial, mache, como suele ser «la literatura» cuando el escritor no es capaz de callarse y dice más -aunque sea una sola palabra de más- que los hechos. El escritor —en medio de la muerte y la miseria, situación humana constante en tiempos de paz y de guerra— que intente disculparse y demostrar que siente sinceramente lo que describe, se olvida de las leyes de su oficio, que determinan que no existe literatura sincera. En la literatura, como en la vida misma, sólo callarse es sincero. En el momento en que alguien se pone a hablar en público ya no es sincero, sino que se convierte en escritor, actor, es decir, en una persona que se pavonea.

Porque la escritura, las bellas letras siempre son una payasada; el alma, maquillada con palabras coloreadas en blanco y rojo, recu
erda al payaso del circo que cuenta chistes malintencionados haciendo mil muecas ... Al final de una guerra mundial —y probablemente al comienzo de una nueva guerra mundial o de cualquier otra— el escritor que escriba algo más aparte de hechos estrictamente estadísticos, no puede ser sincero. Sin embargo, no hay escapatoria, porque el escritor es incapaz de callarse. Tiene que decir algo incluso desde el vertedero mundial, tiene que recitar algo aun desde la fosa común. La esperanza de que un cataclismo más fuerte que cualquier otro anterior conduzca al escritor (y a la humanidad) al día en que puedan ser verdaderamente sinceros, porque ya sólo pondrán sobre el papel y pronunciarán palabras esenciales, es una esperanza infundada. En todo caso, el escritor no puede hacer otra cosa que maquillar su alma y, con hermosa palabra esencial, decirlo todo. El tema del que habla, en cualquier época y en cualquier vertedero, es siempre el mismo: el Nekyia, es decir, el viaje al mundo de los muertos, y —después de la aventura, de la Ilíada— el Nostos, o el regreso al hogar.

Quien esto escribió es Sándor Márai (¡Tierra, Tierra! Salamandra, 2006. Pags 172-173). Quizá no podamos ser sinceros, no sólo escribiendo sino en la vida, y no sólo ante otros, sino incluso ante nosotros mismos. Así lo he sentido, al menos yo, muchas veces. Quizá sea vano esperar que algún día seamos capaces de pronunciar las palabras esenciales que, aunque ignoradas, ansiamos que nos desvelen a nosotros mismos. Pero, incluso convenciéndonos de ello (y no he llegado todavía a ese extremo), no hay ciertamente escapatoria: somos incapaces de callarnos.

No sé por qué, pero intuyo que es nuestra naturaleza, que no podemos evitarlo (como en la fábula del escorpión y la rana). Hemos de intentar vivir Nekyia y Nostos ... y hablar (o escribir) sobre ello. Y mientras tanto, entre tantas voces, quizá suene la flauta.

martes 22 de abril de 2008

Construir en Ronchamp

He recibido esta mañana un correo electrónico en el que la Fondation Le Corbusier me solicita apoyar una carta a la Ministra de Cultura francesa solicitando la paralización de un proyecto de Renzo Piano en la colina de Bourlémont sobre la que se dispone la capilla de Notre Dame du Haut de Ronchamp, realizada por Le Corbusier entre 1951 y 1955. No sabía nada al respecto y, lógicamente, he tratado de informarme.

La capilla de Ronchamp, así como los terrenos sobre los que se asienta, son propiedad de la Association Œuvre Notre-Dame du Haut. Esta asociación se formó después la guerra con la finalidad de, sumando las indemnizaciones recibidas por los daños bélicos, reconstruir la capilla de peregrinación mariana que desde siglos hubo en ese lugar. Son ellos quienes encargan la obra a Le Corbusier y quienes, todavía en la actualidad, se han ocupado de la gestión y conservación de esta obra maestra de la arquitectura.

Parece ser que a los miembros de esta asociación se les ocurrió hace unos años invitar a un grupo de monjas a vivir junto a la capilla con la finalidad de reforzar el carácter religioso del lugar frente al excesivo predominio del turismo. Es verdad que ésta es la actividad fundamental que acoge el lugar, que atrae más de 100.000 personas al año (con un porcentaje muy significativo de estudiantes de arquitectura de todo el mundo), pese a que se encuentra a desmano de cualesquiera rutas turísticas. Según leo, sólo tres días al año se celebran actos de peregrinación religiosa. El propio Corbu, en la carta dirigida al obispo de Besançon en 1955 (imagino que al finalizar las obras), dice que ha buscado crear un lugar de silencio, oración, paz y alegría espiritual. Creo recordar vagamente, además, que ya en los años de su construcción se planteó al propio arquitecto la posibilidad de erigir en la colina un pequeño convento, idea que finalmente no cuajó.

Quiero pensar, en cualquier caso, que las mejores intenciones animaron a Jean-Francois Mathey, el director de la Asociación, a promover un proyecto de intervención en la colina de Bourlémont que, además de 12 celdas para monjas clarisas, comprende un nuevo centro de visitantes y un espacio de meditación para las religiosas. La propuesta de Renzo Piano se basa en el enterramiento de las nuevas construcciones en las faldas de la colina (que además es abundantemente reforestada), de modo tal que no son vistas desde la capilla ni interfieren con la visión de ésta. Resulta más que evidente que Piano plantea una intervención desde un absoluto respeto hacia la obra del maestro y, además, con exquisita y contenida calidad arquitectónica.

De hecho, en el mensaje que me llega y en la propia carta a la ministra francesa, no se cuestiona la calidad arquitectónica, sino que la intervención planteada pone en peligro la “sutil unidad entre la capilla y el sitio”, que fue una de las mayores motivaciones de Le Corbusier. A la vista del proyecto, uno se queda pensando que para los celosos guardianes corbuserianos de la Fondation, cualquier intervención en la colina pondría en peligro dicha unidad esencial, porque es difícil imaginar una alternativa más limitada y controlada en sus efectos sobre el conjunto arquitectura-lugar que la de Renzo Piano. Lo cual me lleva a pensar si “la conservación y salvaguarda de los inmuebles y lugares de nuestra memoria colectiva” (palabras de la solicitud a la ministra) han de pasar siempre por preservar la integridad original. No lo creo, como no creo tampoco que el mismo Le Corbusier mantuviese unas posturas tan inmovilistas respecto a los “monumentos”.

Lo cual no quiere decir que me parezca bien la propuesta de Renzo Piano. Lo que, con la información que tengo, no puedo avalar es que esta intervención (y cualquiera, me temo) suponga romper la unidad esencial de la capilla de Ronchamp. Tal afirmación hay que argumentarla; no basta con referirse a riesgos genéricos que valen tanto para la propuesta de Piano como para cualquier otra. Y, sin embrago, no se hace; se pide el apoyo de firmas para que el Ministerio francés, dado que el edificio cuenta con protección legal, vete la intervención. Y supongo que, sobre todo entre los arquitectos, serán mayoría aplastante quienes firmen dicha petición sin entrar a valorar la propuesta. Repito, no es que crea que se deben hacer esas obras, pero no puedo apoyar posiciones negacionistas por principio. Lo que me gustaría es que el proyecto, tanto sus soluciones arquitectónicas como también (y sobre todo) la justificación de su necesidad y conveniencia, se debatiesen en profundidad.

Por añadir una nota personal a este asunto, diré que con la capilla de Ronchamp mantengo desde hace más de treinta años una especial relación de amor. Durante la carrera fue objeto de un intenso trabajo de estudio (a medias con un querido amigo a quien volveré a ver en unos días) en el que desmenuzamos, como enamorados, todos sus detalles, recurriendo para ello, a muchísimos kilómetros de distancia, a cuantas fuentes podíamos encontrar (ojalá hubiese existido entonces internet). No me gusta hacer listas, pero es indudable que en la de mis gustos arquitectónicos, la capilla del Corbu se ha mantenido todos estos años en lo más alto. Hace relativamente poco tiempo, unos cinco o seis años, pude por fin conocerla "en persona". Nos desviamos exprofeso desde Estrasburgo para ir hasta ese pueblo perdido y subir por la estrecha carretera que llega hasta la cima. Durante ese último tramo del trayecto me sentía emocionado y así, emocionado y además gozoso, pasé las dos o tres horas que permanecí allí, mirando y remirando la capilla, por dentro y por fuera, tocando, sintiendo, pensando ... En fin, que fue una experiencia importante en mi simbología personal. Por eso, me resultaría muy fácil pedir a las autoridades francesas que no dejen que nada cambie y, sin embargo ...

viernes 18 de abril de 2008

¿Refugio de canallas o basura combustible?

En un blog que suelo leer, encuentro una estupenda recopilación de citas sobre nacionalismo/patriotismo, con la ventaja de que se aportan las fuentes, lo que es muy de agradecer, porque está más que comprobado que las frases que alcanzan cierta celebridad suelen atribuirse sin ningún rigor a los más diversos autores.

Los dos primeros apotegmas me parecieron ligeras variaciones de una misma idea. El primero, atribuido a Ambrose Bierce, en su obra Diccionario del Diablo (1911), dice que “la patria es el último refugio de los canallas”. El segundo sería de Samuel Johnson, quien habría soltado eso de que “el patriotismo es el último recurso del bribón”, siendo la fuente la tan loada biografía que escribió el excéntrico James Boswell.

No he leído ninguna de esas dos obras. De hecho, llevo ya varios años con la “Vida del Doctor Johnson” apuntada en un rincón del cerebro con la etiqueta de libros pendientes. De Ambrose Bierce me dieron ganas de conocer algo tras enterarme de su existencia con la lectura de Gringo Viejo, la ficción de Carlos Fuentes. Ayer mismo se me reavivaron esas viejas intenciones al volver a ver, esta vez en la tele, la peli hecha a partir del relato del escritor mexicano, con Gregory Peck y Jane Fonda.

La cosa es que no terminaba de cuadrarme un parecido tan acusado en ambas frases. Pareciera que Ambrose Bierce se hubiese limitado, nada más, a cambiar los tres sustantivos de la frase por vocablos cercanos. Si así era, más que una nueva sentencia, debería considerarse una mera reinterpretación, quizás la adaptación del inglés británico al norteamericano de dos siglos después).

Los dos libros citados pueden conseguirse en internet; el de norteamericano, Diccionario del Diablo, en castellano; el de británico, Vida del Doctor Johnson, parece que sólo en inglés. Previamente, en la entrada sobre Samuel Johnson de la Wikiquote en inglés descubro la cita en su idioma (patriotism is the last refuge of a scoundrel) y, lo más importante, verifico que ciertamente proviene de la biografía de Boswell. Voy a la versión online (en inglés) de dicho libro y, en efecto, en el segundo volumen, Boswell nos cuenta que el viernes 7 de abril de 1775, cenó con Johnson y varios amigos y durante la conversación salió el tema del patriotismo; fue entonces cuando Johnson, en voz alta y firme, profirió el famoso apotegma.

Por aquellos años Johnson estaba bastante volcado en el activismo político. Justamente en 1774, meses antes de la reunión a que se refiere su biógrafo, había publicado El Patriota. Intuyo que las ideas de esa obra bullirían en su cabeza al exclamar su lapidaria frase. Sin embargo, en El Patriota no condena tan tajantemente el patriotismo; de hecho, lo presenta como una virtud ("un patriota es aquél cuya conducta pública está presidida por un único motivo: el amor a su país ... el interés público"). En términos similares lo había definido en su más famosa obra (A Dictionary of the English Language, 1755). Sin embargo, en la década de los setenta (si no antes), el énfasis de Johnson se dirige a denunciar los comportamientos miserables amparados con la excusa del patriotismo. Es significativo que El Patriota dedique su mayor extensión a condenar a esos que se apuntan a la “lista de los patriotas”, que “tienen la apariencia externa de patriotas sin sus cualidades constitutivas” y que “brillan como las monedas falsas”.

Ciertamente, Boswell matiza que, con su iconoclasta expresión, Johnson no se refería a un “amor honesto y generoso por nuestro país”, sino a aquéllos que, "en todas las épocas y lugares, han usado el manto del patriotismo para arropar sus propios intereses". Esos serían pues, para Johnson, los canallas. Pero lo que me parece interesante es descubrir cómo los matices, que siempre se olvidan, suavizan mucho el impacto de la cita. Habría sido más fiel a su pensamiento, si Johnson hubiese dicho, por ejemplo: “los canallas gustan de refugiarse en el patriotismo”. Claro que la frase habría perdido fuerza y no olvidemos que Johnson era tremendamente consciente de la eficacia del estilo panfletario (y estaba muy bien dotado para ello).

Ambrose Bierce conocía la frase de Boswell, pero tengo la impresión de que no suficientemente su pensamiento acerca de este tema. De hecho, en la entrada de su Diccionario del Diablo correspondiente a “patriotismo” dice que el doctor Johnson, “en su célebre diccionario”, lo define como el último recurso del pillo. Pero no es en su diccionario (una obra eminentemente lexicográfica) donde el británico expresa esa idea, así que Bierce debía estar escribiendo de (mala) memoria. Tampoco, en sentido estricto, puede decirse que con esa frase Johnson pretendiera definir el patriotismo. Pero Bierce es un periodista visceral y, pienso, le interesaban más los aguafuertes que los claroscuros. Así que toma su vago recuerdo de una antigua lectura del libro de Boswell, pasa de matices, y lo convierte en trampolín para aportar su nuevo apotegma.

Porque, según leo en el Diccionario del Diablo disponible en internet, la frase de Bierce es distinta de la que se cita en el blog al que me refería y, efectivamente, no se parece tanto a la original de Johnson ¿o de Boswell? Bierce dice que el patriotismo es “basura combustible dispuesta a arder para iluminar el nombre de cualquier ambicioso” (combustible rubbish read to the torch of any one ambitious to illuminate his name). Emparentada semánticamente con la de su antecesor, sin duda, pero a mi juicio bastante más radical. Dudo que Bierce estuviera dispuesto a admitir que puede haber un patriotismo virtuoso, cuando de entrada lo califica de basura.

Y hasta aquí. Me había quedado con las ganas de aclararme en cuanto a las citas de Johnson y Bierce. Ahora me queda leer despacio los dos libros originales. Y, ya puestos, aprovechar para abrir la discusión: ¿con cuál de las dos citas sobre el patriotismo está usted más conforme?

jueves 17 de abril de 2008

Sólo hay 10 tipos de personas: las que saben binario y las que no

Esta frase, muy ingeniosa, la vi hace algo más de un año, estampada en una camiseta. Cuando la lees por primera vez, recibes un estímulo neuronal inmediato, te quedas por unos momentos epatado. Tal es justamente el efecto de las paradojas aparentes, tan del gusto de los recopiladores de esos entretenimientos a los que se ha dado en llamar “pensamiento lateral”. Esas paradojas suelen serlo desde el marco de referencia habitual y por eso, para resolverlas, para hacerlas consistentes, es necesario escapar de las formas acostumbradas de procesar la realidad. Son siempre ejercicios interesantes porque obligan a cuestionar nuestros puntos de vista, a comprobar que muchas veces asumimos como cimientos inmutables de nuestro pensamiento lo que no son más convenciones, cuya utilidad es meramente instrumental.

Cuando leí la frase que titula este post me vino a la memoria una adivinanza del mismo registro que corrió por mi colegio en mi primera adolescencia: Juan y María se casaron y se fueron a vivir, ellos dos solos, a su nueva casa; al cabo de un año nació su primer hijo y desde ese momento pasaron a vivir 10 en el domicilio: ¿cómo es posible? Abundando en el jueguecito, encuentro en internet que la frase original ya ha sufrido una mutación que la hace más compleja pero menos bella: “Sólo hay 10 tipos de personas: las que saben binario, las que no y las que lo confunden con el ternario”.

Me he acordado de estas cosas porque con demasiada frecuencia me quedo con la impresión de que hablamos entre nosotros en distintos sistemas de lenguaje, con el agravante, respecto a los sistemas de numeración, de que damos por supuesto que conocemos las reglas convencionales de nuestro interlocutor, al menos lo suficiente para que pueda existir comunicación; y no es así. Este es un asunto más que trillado, hasta el punto de constituir el meollo de la semiótica, así que no entraré en aburridas disquisiciones teóricas. Sólo me interesa referirme ahora a la influencia que en la comunicación (o mejor, en la incomunicación) tienen las connotaciones de origen emocional. Y lo hago porque es algo que vivo con cierta asiduidad.

A muchas palabras cada una de nosotros le damos una connotación valorativa que colorea (e incluso distorsiona) su significado convencional (el del diccionario, para entendernos). Ese matiz añadido hace que reaccionemos emocionalmente en términos de “me gusta” o “no me gusta” respecto al conjunto del discurso. Cuanta más emotividad hay, menos posible es la comprensión racional del discurso formalizado (lingüístico) y, lo más frecuente, es que ambos interlocutores se vayan enfadando, quedándose con la desagradable sensación de que no ser capaces de comunicarse (al menos, no en el plano lingüístico formalizado, porque quizá sí mediante otros lenguajes).

Una palabra que yo usaba mucho era “discutir” que significa “examinar atenta y particularmente una materia”. A mí, discutir me gusta mucho y me parece la mejor forma de aprender de cualquier tema: examinarlo atenta, prolijamente, destripando sus diversas facetas, desmontándolo y volviéndolo a montar. Yo discuto hasta conmigo mismo (de hecho es una de mis formas de pensar) y, por supuesto, me encanta encontrar personas que sean buenos discutidores, pues me aportan estimulantes momentos de placer, sobre todo cuando me hacen ver cosas en las que no había caído. Pero pese a que el significado denotativo de discutir no tiene nada de malo (y mucho de bueno), lo cierto es que se ha impuesto una connotación negativa: discutir es que dos o más personas se embronquen entre sí. Ya la palabra no tiene mucho que ver con una actividad intelectual sino con un comportamiento básicamente emocional en el que, paradójicamente, desaparece la razón. Cuando decimos de dos personas (por ejemplo una pareja) que no hacen más que discutir, nos imaginamos escenas de enfrentamientos a gritos carentes absolutamente de argumentaciones racionales. Por eso, ya no puedo decir que me gusta discutir.

Ahora se dice debatir para referirse a la actividad dialéctica argumentativa: “es bueno debatir las ideas”, “el debate sobre el estado de la nación”, “hay que saber debatir sin discutir” y así sucesivamente. Mientras el intercambio de argumentos se desarrolle según las reglas de la razón y en un clima de serenidad emocional, hay un debate; cuando las emociones se imponen y la razón se descarta, ese intercambio dialéctico pasa a ser una discusión y ya no es bueno. Irónicamente, en el DRAE, se define debatir como altercar, contender, disputar sobre algo, e incluso (en su segunda acepción) es combatir y guerrear. Es decir que mientras que la finalidad de la discusión es conocer más y mejor el objeto, la del debate es imponerse sobre el sujeto (el interlocutor), siéndonos indiferente el conocimiento del asunto. Sin embargo, diga lo que diga el diccionario, se han impuesto los significados inversos. Y, me guste o no, he acabado diciendo debatir, cuando lo que me gustaría sería discutir.

Y ya no hablemos de lo que pasa cuando el interlocutor interpreta que alguna palabra de tu discurso conlleva un juicio de valor sobre él mismo. El sofisma implícito vendría a ser el siguiente: esa palabra que ha usado es mala (no me gusta) y la ha usado aplicándola a mí, luego me está atacando. Desde ese momento ya no hay comunicación posible porque uno de los dos, el que se siente agredido, no querrá entender sino defenderse y atacar a su vez. Y la cosa irá degenerando hasta acabar, en el mejor de los casos, con una triste sensación mutua de incomunicación. Por supuesto, se puede (y se debe), calmadas las aguas, volver al inicio, desmontar el equívoco, explicar el significado que el uno atribuía a la palabra que disparó la emotividad negativa, desmontar la percepción que el otro tuvo de sentirse agredido, etc. Pero, muchas veces, para entonces puede que domine el cansancio y la frustración.

En la mayoría de las interrelaciones que vivimos cotidianamente, no obstante, lo normal es que renunciemos, ya de entrada, a lograr niveles de comunicación más allá de los superficiales, suficientes para la supervivencia social e incluso, tantas veces, íntima. Al fin y al cabo es agotador (e inútil casi siempre) esforzarse en limpiar de connotaciones tópicas el lenguaje (que, además, suelen empobrecer sus posibilidades comunicativas). Sin embargo, uno desearía contar con personas, por pocas que fuesen, con las cuales no tener que preocuparse demasiado en cuanto a la carga connotativo-emocional de sus palabras; con las cuales pudiera “discutir” sin que le atribuyeran intencionalidades inexistentes, ajenas al objeto. Esto no es demasiado difícil siempre que ese objeto no afecte a las emociones del interlocutor, porque cuando nos metemos en según qué temas pareciera que no cabe la serenidad racional.

Sin embargo, hablar de las emociones propias y del interlocutor, analizarlas, “examinarlas atenta y particularmente” (es decir, discutir sobre ellas), es una de las mejores vías para conocerlas y conocernos por ende a nosotros mismos. Y parece de sentido común que esas discusiones serán tanto más fructíferas cuanto más cercano a nosotros sea el interlocutor, mejor nos conozca y, también, más nos quiera. Pero, claro, eso exige ser capaces de “objetivizar” en algún grado nuestras emociones, verlas “desde fuera”, sacarlas de nosotros, y no sentirnos con ello agredidos, ni atemorizados, ni avergonzados. Tal es, a mi modo de ver, una comunicación íntima.

No es la única forma de comunicación (o de relación íntima). La transmisión de emociones profundas no sólo se hace a través del lenguaje verbal; es más, no es éste el mejor lenguaje para tal fin. De hecho, creo que transmitir la vivencia emocional es casi incompatible con el lenguaje verbal. Estaríamos hablando de empatizar (barbarismo no admitido por la RAE), de compartir el estado de ánimo del otro, algo que muchas veces ansiamos de la persona que está a nuestro lado y a veces, en momentos mágicos, sentimos con profundísima intensidad que se produce. Pero no, no hablo de empatizar, sino de reflexionar sobre las emociones para conocernos y ahí sí que creo que es válido el lenguaje verbal y el pensamiento racional. Claro que, para ello, debe evitarse la emotividad (valga la paradoja).

En todo caso, me seguiré resistiendo contra todas las evidencias de la realidad, a aceptar la desesperanzada convicción de Pirandello que negaba la posibilidad de la comunicación humana. Creo que los esfuerzos para poder comunicarnos pertenecen al grupo de los que merecen la pena, incluso aunque sepamos que están condenados al fracaso.

PS: Tengo que escribir un post sobre Pirandello, autor que me gusta mucho.

miércoles 16 de abril de 2008

Las hordas de la noche

Las hordas llegaron de noche, envueltas de bruma. Acaso eran la bruma, la bruma más espesa. Noche brumosa sin luna, oscuridad vacía. Llegaron sin ser vistas ni oídas, las hordas, de noche.

El poblado dormía sus últimos sueños. Acaso del sueño vinieron, las hordas. Acaso su feroz tarea sucedió en los campos yermos del otro lado. Muerte sin sangre, ni gritos, ni consecuencias. Fémures descarnados asomarían entre las sábanas, órbitas huecas arrojando sus miradas a los techos, cadáveres rasgados por las zarpas. Lo vimos todo, sin ojos y sin tiempo; y mientras tanto, siempre el silencio.

Éramos pocos y soberbios. Habíamos olvidado las reglas de ellos, los legítimos dueños.

Llegó la luz del alba y nos levantamos, ya muertos. Espectros de cuerpos desgarrados, muecas macabras por rostros. Luego pasaron los días, meses y años. Vinieron forasteros y se quedaron, porque no nos distinguieron. De los vientres exangües de nuestras hembras nacieron niños condenados, pero ignoraron su naturaleza porque se la ocultamos. Y sin embargo ...

El hábito anestesia la consciencia, induce el sopor sin sueños: no hay tragedia. Pero yo he vivido muerto y sin amnesias, maldita lucidez de los recuerdos. Balbuceo jaculatorias inventadas en idiomas que no existen. Las hordas, las hordas, tartamudeo con la voz del miedo y luego la jerga que me invade, abundante de consonantes velares, ininteligible hasta para mí, por más que intuya su amenazador mensaje.

No asustes a los críos, abuelo, me dicen quienes se aferran al silencio. Pero de la bruma del silencio nació el horror, y yo lo sigo viendo. No es recordarlo la mayor de mis tragedias, sino saber que se acerca la fecha de cumplir el pacto. No falta mucho para que la bruma vuelva y yo sea parte de ella.

Llegaremos de noche, otra vez, infinitas repeticiones. Desgarraremos las carnes de ilusiones para mostrar el sinsentido absurdo de la muerte, vaciaremos las cuencas oculares de mis hermanos para enseñarles a ver sin ojos, desecaremos los líquidos de sus cuerpos para ahogarles en el polvo eterno que sofoca. Y sé, sabemos, que no valdrá de nada, pues el miedo a la verdad mantiene ahí la raya.

Percibo el olor acre de la bruma, los tiempos están próximos a cruzarse. No he tenido suerte desde entonces pero para qué lamentarse. Mataré viviendo una nueva muerte. Envueltos de bruma, llegaremos de nuevo, las hordas de la noche.

martes 15 de abril de 2008

Nullitatis Matrimonii, una historia calabresa (VI)

En el legajo que voy traduciendo, a las ya transcritas, siguen más declaraciones de testigos (hasta diecisiete más). Ya veré más adelante si las paso literalmente al blog o hago un resumen, limitándome a las respuestas más interesantes. De momento, en todo caso, doy un salto sobre esa parte y paso a las cartas de la época del noviazgo, que fueron presentadas ante el Tribunal en febrero de 1940. En este post transcribo las que presentaría Rachele y que, en la correspondiente declaración, Caligiuri reconoció como propias; en uno próximo pondré las escritas por la chica. Tras las cartas viene la sentencia del Tribunal de Catanzaro que, como ya he dicho, está en latín. Aunque puedo entender algunas cosas (el sentido genérico de los razonamientos y, por supuesto, del fallo), soy incapaz de traducirla. Estoy intentando que alguien me lo haga y, en cuanto lo consiga, la transcribiré.

Las cartas cubren los dos primeros meses de noviazgo, salvo la última que es de la primavera del 22. Creo que son bastante reveladoras del carácter de Renato e, indirectamente, aportan pistas sobre los sentimientos y actitudes de Rachele; pero que cada uno se haga su propia composición de lugar. De otra parte, también me parece que desvelan claramente cómo se expresaba el amor en esos tiempos, lugares y circunstancias sociales; cirtamente, para entonces, el romanticismo victoriano había ganado ya la batalla. Pero basta de preámbulos.

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Catanzaro, 30 de noviembre de 1921
Lina mía:

¿Es posible que no notes cuánto te amo? ¿No sientes que, cuando estás junto a mí, me aíslo de todos y de todo y no vivo más que para ese instante intenso en el cual puedo mirar en tus limpios ojos serenos tu alma sencilla y buena? Ayer por la tarde me dijiste (repito tus palabras) que, estando seguro de tu afecto, debo tranquilizarme y no preocuparme de nada más. Es justamente esa seguridad la que deseo ansiosamente, Lina. Has estado a mi lado, educada, desenvuelta, sonriente, pero no me has dicho todavía ni una sola palabra que me haga entender que comienzas, al menos, a ocuparte de mí; no me has dicho nada sobre lo que te preguntaba en mi última cartita, a la cual ni siquiera has respondido. ¿Será quizá que eres una niña que sólo quiere amar los juguetes y las golosinas? No es verdad, no, Lina, porque desde el primer momento que te conocí de cerca noté que el precoz desarrollo de tu fina belleza era producto del de tu alma. ¿Y entonces? Lina, te ruego que me escribas en pocas palabras cuál es la impresión que tienes de mí, dime si crees en mi amor, dime todo lo que no puedes decirme de viva voz.

Ves, Lina; te has apoderado de mi vida entera hasta el punto de modificarla completamente; más estoy contigo, más te amo. Cada vez que llega el momento en que debo dejarte, un temblor me advierte del gran vacío que se hará en torno mío. Yo, antes, era bullicioso, jovial, alegre; ahora estoy siempre embargado de una leve melancolía que me hace buscar la soledad para más fácilmente pensar en ti. Lina mía, te amo como a un ideal y te amaré siempre, siempre; si tuviese que perderte (te digo la verdad), me mataría. Sabes que tu voluntad es la mía y que no tienes más que insinuarme un deseo para que yo, sin dudarlo, te lo satisfaga. Lina mía, permanezco a la espera de tu cartita que leeré apasionadamente. Esperaré con fe y con constancia; he esperado tanto tiempo, Lina mía, que cómo no voy a seguir haciéndolo.

Tu Renato

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Catanzaro, 4 de diciembre de 1921
Lina mía:

Había decidido no escribirte más porque ayer por la tarde me volví a casa seguro de que tú no me amas. Primero no quisiste que te acompañase con tu madre (eso es muy tuyo); después, durante la velada, te comportaste como si fuésemos extraños. Como siempre, evitaste sentarte junto a mí; como siempre, no pronunciaste ni una sola palabra que pudiese darme la ilusión de que al menos te ocupas un poco de mí y ni siquiera me dirigiste una mirada distinta de las indiferentes que dirigías a los demás; como siempre, por último, mientras caminábamos juntos al regreso, no me dijiste nada, nada. Me he percatado que cuando estás cerca de mí te conviertes en otra Lina, distinta de esa Lina que, en aquella carta plena de afecto, transmitió todo el perfume de sus sentimientos más queridos, distinta de aquella Lina que recibió con una luminosa sonrisa de amor (ayer por la tarde ni una sola vez me sonreíste de ese modo) desde la terraza. Si no fuera porque esta mañana te me has aparecido como te deseo y no con esa cortesía glacial que usas cuando estamos juntos ... Pero, entonces, Lina mía ¿por qué te comportas así? ¿Te sientes sobrecogida ante mí? Eso me parece imposible. ¿Entonces? Yo quiero amarte de cerca y no a través de páginas de papel; las cosas más dulces, los matices más gentiles de nuestro amor debemos decirlos con nuestros labios, en un susurro apasionado que, en el amor, lo es todo. ¿Me entiendes, Lina? Lina mía, te amo mucho (lo sabes) y no debería ser tratado así. Mañana, cuando vengas, a las cinco, te daré la carta; tú me has de dar la tuya, que tiene que ser larga y en la que me prometerás que hablarás conmigo donde quiera que nos encontremos. De tu visita de mañana espero mucho; debes ser para mí la Lina que amo y no una estatuilla sin alma. Si me haces sufrir, como las otras veces, comprenderé, te repito, que te soy antipático y que no me amas. Mañana pasaré de las diez a las diez y media. Cuando vengas a las cinco te esperaré tras los cristales. Lina mía, te adoro, enloqueceré si no me amas.

Te besa las manitas tu Renato.

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Sin fecha

Lina mía, estoy siempre pensando en ti, a todas horas. Deseo tu fotografía como una reliquia. Lina mía, te amo hasta enloquecer. Perdóname si estoy un poco nervioso. Te amo, te amo.

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Catanzaro, 6 de diciembre de 1921

Lina mía, amor mío:

Te escribo para decirte que te amo cada vez más. Ayer por la tarde, cuando he vuelto a casa, como un niño he besado esa esquina del sofá donde estuviste sentada junto a mí. Cuando no te tengo cerca, Lina mía, la soledad me invade y tu voz me sigue resonando nítida, como un eco insistente y armonioso. No vivo más que para ti; mi felicidad es completa cuando miro tus ojos y aprieto cariñosamente tus manitas. Llevo conmigo tu pequeña fotografía como algo sagrado, y también el pañuelito que conserva tu perfume. Sí, Lina mía, eres el primero, el más grande, el único amor mío, ese que es pasión y que, a veces, puede ser la muerte. Pero eres mi vida. Cuando te siento vivir junto a mí, en tu fragante juventud que ha brotado como un capullo en flor, cuando te oigo hablar de cosas sencillas con una ingenuidad tan llena de gracia y elegancia, unidas a una delicadeza de espíritu que me emociona, cuando te veo tan bella y de alma tan limpia, tan distinta de esas muñequitas estúpidas, coquetas y maquilladas que son casi todas las señoritas de nuestros salones, cuando te veo así y te siento así, toda para mí, créeme, Lina mía, que te amo hasta la locura. Cuando pueda tenerte en casa verás cómo y cuánto te amaré. Lina mía, tesorito mío, te besa las manitas con todo el amor quien es tuyo para siempre

Renato.
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Sin fecha

Como hemos quedado, recibirás el pañuelito no como un regalo, sino como un recuerdo que sustituirá lo que tú me has dado. Te amo, te adoro, Lina mía. Siempre pienso en ti. Mi amor, mi Lina querida, te amo, te amo hasta enloquecer. Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo. Lina mía, ¿piensas un poquito en mí? Lina mía, te amo mucho.

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Catanzaro, 9 de diciembre de 1921

Lina mía:

¿Qué quieres que te diga? Claro que te has dado cuenta de que no estoy tranquilo ni alegre. Creía que, ante mi gran amor, te emocionarías un poco, pero ese dulce momento todavía no ha llegado. Esperaré, Lina mía, esperaré con heroica constancia; en todo caso, yo mismo te lo diré cuando comience a sentirme bien de verdad. Por ahora me contento con verte bella y gentil junto a mí, y eso deberá bastarme. Es todo lo que pedía y que he obtenido como si fuese una victoria. No me lamento, no te digo nada; sólo que te amo como ni siquiera alcanzas a pensar; te amo con ese verdadero amor que desafía incluso a la muerte.

Te besa las manitas,
tu Renato.
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Catanzaro, 29 de enero de 1922

Querida Lina:

Heme aquí escribiéndote todo lo que a viva voz, quizás, no podría decirte con precisión y claridad. Hace mucho tiempo que no te escribo y se me hace un poco difícil, si no casi arduo, empezar esta cartita; es el hábito que, cuando se abandona, crea siempre la dificultad. Heme aquí, Lina, para decirte lealmente lo que turba gravemente mi ánimo. Debo decirte que, cuando sufro intensamente, nunca lloro; debo encontrarme en un estado de acentuada debilidad física, para que pueda ver correr silenciosas mis lágrimas. Eso es rarísimo. Por lo general, el dolor reseca mis ojos y me vuelve piedra. Pero ahora, Lina, debo decirte todo con orden. Hoy estoy presa de un gran dolor. Pero no ocurrirá más porque, si no, te importunaría, haciéndote infeliz.

Vayamos con orden. Ayer tarde, emocionado frente a tu bella dulzura, arrepentido de haberte turbado en los días precedentes con mi constante melancolía, cuando te vi tan querida y tan triste junto a mí, con voluntarioso esfuerzo sofoqué todas mis aburridas tristezas, a fin de verte alegre y serena. ¿Qué son mis melancolías? Tu madre y Totò deben considerarlas, con razón, manías de un chico nervioso y (¿por qué no decirlo?) y un tanto maleducado. Especialmente tiene razón Totò, quien, pese a su fácil irascibilidad, tiene en el fondo un alma verdaderamente buena. Pero ellos juzgan por el exterior. No saben lo que yo tengo y el motivo por el cual, de improviso, me embarga ese extraño malhumor. Saben sólo que por cualquier causa fútil (incluso por una nadería) me cambia de ese modo el ánimo. Pero tú, en tu corazón, sientes porque me turbo de ese modo, tú, en tu corazón, sabes perfectamente que la causa de mis turbaciones es en casi todas las ocasiones una sola, la misma. Porque bastan nada más una palabra tuya, dicha o callada, una mirada o un gesto a menudo insignificante, una alusión aparentemente inocua, una simple sonrisa, para que se me alborote el ánimo. Hoy, por ejemplo, he sentido que te ha importunado tenerme junto a ti y que ante mis palabras ansiosas y mis leves caricias has reaccionado con esa indulgencia indiferente y generosa con la que se hacen las cosas que no se pueden evitar. Lo veo todo esto, porque soy inteligente y comprendo demasiado; el fulgor de tus pupilas tiene para mí un particular significado. Pero tu madre y Totò podrían a este respecto objetarme: "no debes fijarte en estas pequeñeces; además ¿no te habíamos advertido desde el primer momento que Lina era una niña?" Esto sería cierto si fueses verdaderamente una niña, pero te me has revelado, desde el inicio, mujer y mujer inteligente, en el sentido más completo y más verdadero. ¿Y entonces? Trato de abreviar para no aburrirte demasiado. Te pido perdón si te he aburrido hasta ahora con mis melancolías. Hasta hoy te he amado a mi modo; de ahora en adelante, te amaré igualmente pero de otro modo. No te aburriré más con más malhumores inútiles. Estaré sereno y sonriente como quieres verme y no me cansaré de hablarte de cosas divertidas cuando esté contigo.

Tienes razón: he sido insoportable; pero desde ahora seré distinto, te lo repito. Esto quería decirte, para tranquilizarte y, sobre todo, para darte gusto.

tu Renato.
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Sin fecha (hacia marzo-abril de 1922)
Lina:

Después de lo que me has dicho esta tarde y que, de otra parte, no es sino lo que siempre, de rato en rato, me has dado a entender desde que nos conocimos, sé que comprendes perfectamente (porque no eres ni tonta ni ingenua, como creen tus padres) que es inútil ilusionarnos: como todos los sueños, el nuestro ha acabado. Y ha acabado antes de convertirse en la más viva y palpitante realidad.

En todo caso, era de prever: tú nunca me has amado y mi amor solo no podía bastar. Y así, Lina, nuestra vida en común habría sido la infelicidad.

No te digo más que, viendo el modo en que me has tratado mientras yo te he amado tanto, sólo siento por ti un odio invencible, profundo, que te grito con toda el alma y con todas mis lágrimas. Te odio como se odia el mal o la muerte, y deseo como una liberación no volverte a ver.

Renato Caligiuri

viernes 11 de abril de 2008

Nullitatis Matrimonii, una historia calabresa (V)

El 2 de febrero de 1939, comparecen en el Tribunal de Catanzaro Gaetano Ferella y Marco Suriani, dos testigos que previamente, en marzo del 38, habían presentado sendas declaraciones escritas. Para ambos el Tribunal prepara un listado común de 20 preguntas.

Gaetano Ferella, que en el momento del interrogatorio tiene 83 años, es un militar retirado (teniente general de división) cuya participación en el proceso parece obedecer a que es citado por los Marincola como testigo. En su declaración escrita se refiere a Rachele como su “nieta” o “sobrina” (mia nipote); nipote, en italiano, no sólo tiene estos dos significados sino que puede englobar cualquier relación de parentesco poco precisa, incluso, me atrevo suponer, las afectivas (como cuando, en español, llamamos tío a un amigo de nuestros padres). Esta impresión viene confirmada con su respuesta a la segunda pregunta del Tribunal (¿Cuándo y cómo conocisteis a los cónyuges Renato Caligiuri y Rachele Marincola?): “Conocí a los cónyuges hace unos veinte años, con ocasión del noviazgo". Se me ocurre que este buen señor debía ser una persona respetada en Catanzaro al cual acudió Rachele para que avalase sus argumentos. Y así lo hizo, porque su carta al Tribunal coincide plenamente con las tesis de ella (tanto que parece dictada):

"Me consta que mi sobrina, la señorita Lina Marincola, mantuvo siempre aversión hacia el matrimonio con el profesor Renato Caligiuri. Todos nosotros, los parientes, considerando de buena fe que el matrimonio era ventajoso y atendiendo también a la grave enfermedad contagiosa del hermano Antonio, que de hecho luego murió, insistimos vivamente a la muchacha para que aceptase la boda. Las presiones más enérgicas provinieron de sus propios padres. Debo declarar en conciencia que, sin tales presiones, que indudablemente viciaron la validez del consentimiento de la chica, ella nunca habría dado el sí en la boda".

Sin embargo, su declaración oral, un año después, diverge radicalmente de la escrita. Lo que más llama la atención es que confiesa su ignorancia sobre la gran mayoría de las preguntas del Tribunal acerca de los sentimientos de Rachele, las amenazas de los padres, las peleas entre los cónyuges, etc. Repite varias veces que, por un lado, ni Rachele ni nadie le habló nunca sobre sus sentimientos o intenciones y, por otro, que él tiene la costumbre de no entrometerse en los asuntos ajenos. En resumen, que su valor testifical es absolutamente nulo, nada aporta para que los jueces diluciden sobre el grado de validez del consentimiento matrimonial de Rachele. Pero esta ignorancia confesa no le impide asegurar que ambos cónyuges son muy religiosos e incapaces de jurar en falso, que Rachele se casó voluntariamente y a su gusto, así como que ve perfectamente factible que se reconcilien. Me imagino que los miembros del Tribunal deberían estar alucinando con el anciano. De hecho, saliéndose del guión, un juez le pregunta que cómo concilia lo que acababa de declarar con lo que había escrito sobre las presiones a las que había sido sometida la muchacha y la falta de libertad en su consentimiento. Con el mayor desparpajo, el señor Ferella afirma que “las concilio en el sentido de que se casaron voluntariamente y que luego, como consecuencia de litigios y desacuerdos, cambiaron sus sentimientos”.

Sorprendente este testigo. Puestos a buscar explicaciones, careciendo de tantos datos, se me ocurre que ya chocheaba y que no era del todo consciente del berenjenal en que se había metido. O, a lo mejor, en el año transcurrido desde su declaración hasta el interrogatorio, cambió de opinión (o se la hicieron cambiar, ¿quizás Caligiuri?) y trató de escaquearse (con escaso éxito) delante del Tribunal. Menos mal, para él, que ya no estaban en los tiempos en que la jurisdicción eclesiástica podía acusar a los testigos y reexpedirlos a la Justicia civil, porque el tal Ferella merecía ser imputado por perjuro. Pero en fin, me imagino que el Tribunal simplemente pasaría de su testimonio, absolutamente carente de consistencia.

Muy distinto es el testimonio de Marco Suriani, el primo de Rachele (hijo de Concettina, la hermana de la madre, en cuya casa se celebró la boda), apenas unos años mayor que ella (tenía 37 años cuando le interrogaron). Este hombre refuerza los argumentos de los Marincola y, a mi juicio, lo hace más convincentemente que la propia Rachele y sus padres, quizá porque los detalles que narra son más verosímiles, además de hacernos los hechos más vivos y aportarnos algunos nuevos. Por estas razones, en vez de resumir sus declaraciones (la escrita y la oral), he preferido transcribirlas.

Declaración escrita de Marco Suriani
Scripta declaratio Marci Suriani, testis (13 de marzo de 1938)

Recuerdo que, en la época en que se desarrollaba el noviazgo entre Rachele Marincola y el profesor Renato Caligiuri, entre nosotros, los parientes, se hablaba mucho de la aversión de la señorita por su prometido. Ya inmediatamente después del primer encuentro entre los dos en mi casa, la señorita se expresó acerca de su prometido en términos tales que no dejaban ninguna duda sobre su decidida voluntad de no querer saber nada de él, lo que dio lugar a una desagradable escena con sus progenitores quienes, desde ese momento, comenzaron a emplear todo tipo de violencias para persuadirla al matrimonio. Pocos días antes de la boda, la señorita escapó de su casa y vino a la nuestra llorando a implorarnos que intercediésemos ante sus padres para que cambiasen de parecer. Pero de nada valió nuestra intromisión porque ellos respondieron reafirmando su propósito y diciéndonos que la hija debía convencerse y resignarse al casamiento. Tengo la firme convicción de que sin las amenazas de sus parientes la señorita nunca se habría plegado, por su propia voluntad, al matrimonio con Caligiuri.

Interrogatorio a Marco Suriani
Depositio Marci Suriani, testis (2 de febrero de 1939)

1.- Decid vuestro nombre, apellido, filiación, edad, religión, condición y domicilio.

Marcantonio Suriani, hijo de César y de Maria Concetta Marincola, nacido en Catanzaro el 20 de julio de 1901, domiciliado en Catanzaro, aparejador de profesión y de religión católica.

2.- ¿Cuándo y cómo conocisteis a los cónyuges Renato Caligiuri y Rachele Marincola?

Soy primo de la señorita y la conozco desde niña. A Caligiuri lo conocí en la petición de mano.

3.- ¿Podéis decir si son buenos cristianos, honestos, incapaces de mentir y de jurar en falso, incluso a favor suyo?

Los tengo por buenos cristianos, honestos e incapaces de jurar en falso.

4.- ¿Qué parte habéis tenido en su matrimonio? ¿Se os confió algún encargo en relación a ellos? ¿Cuándo, por quién y con qué resultados?

Mi padre fue encargado por Caligiuri, a través del difunto abogado Antonio Menniti, para pedir la mano de mi prima Rachele. El primer encuentro entre la señorita y el profesor Caligiuri sucedió en mi casa, justamente en nuestro salón. Recuerdo que, una vez que Caligiuri se marchó, la señorita dijo que no estaba en absoluto entusiasmada con ese matrimonio porque el joven no le gustaba.

5.- ¿Sabríais decir si la señora Rachele Marincola se caso voluntaria y satisfactoriamente con el señor Renato Caligiuri? En caso negativo, ¿por qué motivo no fue así?

Rachele Marincola no se casó voluntariamente ni a gusto con Caligiuri porque, como ella decía, no le gustaba su físico y tampoco le atraían sus cualidades morales.

6.- ¿Alguna vez antes de casarse la señora Marincola os confió sus sentimientos o intenciones?

Sí, nos hablaba a menudo, tanto a mí como a mi hermana, y siempre se mostraba contraria al matrimonio.

7.- ¿Cómo eran los caracteres de ambos cónyuges?

Los cónyuges tenían caracteres diametralmente opuestos. Él era tímido, lleno de manías; ella, en cambio, era inteligente, vivaz y me parece que siempre estuvo incomprendida por el marido.

8.- ¿Es cierto que en la casa de los Marincola acaecieron escenas dolorosas motivadas por la repugnancia de la señorita Rachele a casarse con Caligiuri?

Sí, ocurrieron varias escenas debidas a la repugnancia de Rachele. Los progenitores insistían para que la muchacha aceptase a Caligiuri y quizá el motivo fuera la grave enfermedad que afligía al otro hijo, Antonio, que tenía tuberculosis, y también la posición económica del novio. Los padres pasaban a menudo de los ruegos a las amenazas y alguna vez a los golpes.

9.- ¿Es verdad que conocisteis las amenazas que sufría la señorita Marincola por parte de sus padres con el fin de inducirla al matrimonio con Caligiuri?

Ya he contestado.

10.- ¿Qué gravedad tenían y en qué consistían esas amenazas? ¿Habrían podido superarse sin graves riesgos?

Consistían en hacer comprender a la muchacha que el amor venía después, que tenía que pensar en la enfermedad del hermano, en el peligro de no encontrar otro marido. Pero Rachele se resistía y, con frecuencia, cuando Caligiuri iba a visitarla se escapaba y venía a nuestra casa. Fuera por su edad o porque tenía en contra a todos sus parientes, que veían bien ese matrimonio, mi prima no podía sustraerse a esas presiones. Creo que una mayor resistencia de su parte hubiese determinado mayor violencia de sus padres, quienes más de una vez dijeron que, si no se casaba, la echarían de casa. No sé si hubieran cumplido esa amenaza.

11.- ¿Recordais lo que sucedió, en la misma tarde del matrimonio, entre la señorita Marincola y sus progenitores? ¿Qué carácter tenían estos últimos?

Recuerdo que la tarde de la boda, alguna hora antes del rito matrimonial, la joven tuvo una crisis de llanto, diciendo que para ella comenzaba la infelicidad. Su padre, naturalmente, se puso furioso y recuerdo que intervino para persuadirla mi difunto tío Domenico Marincola.

12.- ¿Estuvisteis presente en la boda? En caso afirmativo, ¿notasteis cualquier cosa de particular en el comportamiento de la señorita Marincola?

Sí, estuve presente en la ceremonia. No noté nada particular. Recuerdo que Rachele entró sonriendo, pero después no pude observarla de cerca porque había muchos invitados y yo estaba algo alejado del altar.

13.- ¿Sabríais decirnos algo sobre los litigios entre los cónyuges? En caso afirmativo, ¿cuándo, por acción de quién y por qué motivos se iniciaron?

En las pocas veces que tuve la ocasión de estar con ambos cónyuges después de la boda (he dicho pocas veces porque Caligiuri, tras el matrimonio, se reveló muy celoso y no gustaba de hacer visitas, ni siquiera a los parientes) me di cuenta de que no reinaba en absoluto la armonía entre ellos. Discutían a menudo y supe a través de los padres de ella que habían comenzado a tener violentas peleas, de las cuales desconozco los motivos concretos.

14.- ¿Os confió la señora Marincola algo acerca de sus sentimientos hacia su marido después de su matrimonio?

Inmediatamente después, no; pero pasado algún tiempo, sí. Se lamentaba de no ser feliz, ni moral ni físicamente.

15.- ¿Sabéis si la señora Marincola escapó alguna vez del domicilio conyugal? En caso afirmativo, ¿cuántas veces lo hizo y por cuáles motivos?

Sí, se iba con su madre y permanecía allí varios días. Se le convencía para que volviese, por la insistencia de sus padres y también de los de él. Estos últimos, a decir verdad, hicieron de todo para poner paz entre los cónyuges, porque en realidad los motivos principales que la rompían no eran tanto la inferioridad física de él, cuanto sus cualidades morales. Recuerdo que el padre de Caligiuri en casi todos los litigios daba la razón a la nuera y no al hijo.

16.- ¿Por obra de quién regresó, tras estas fugas, junto al marido?

Ya he contestado.

17.- ¿Cuánto tiempo permanecieron juntos los dos cónyuges? ¿Quién fue el primero que dejó el domicilio conyugal y por cuál motivo?

Estuvieron juntos unos siete años, hasta 1929. Abandonó la casa la mujer, por esta aversión que había entre ellos.

18.- ¿Qué pensáis sobre el consenso matrimonial de la señora Rachele Marincola, en especial después del nacimiento de la niña?

La aversión se mantuvo siempre, y ni siquiera el nacimiento de la niña logró reforzar su unión. Una vez me dijo: "quiero mucho a esta niña, pero no tanto como debería, porque pienso que es también hija suya".

19.-¿Os parece posible la reconciliación?

No.

20.-¿Tenéis algo que añadir, corregir o cambiar?

Nada.

PS: Descubro que mi hipótesis sobre el tal Gaetano Ferella no iba desencaminada. Este señor fue el jefe de la Brigada Catanzaro, constituida en 1915, y considerada como una de las más valerosas del ejército italiano durante la Primera Guerra Mundial. Así que, acabada la guerra, por los tiempos del noviazgo de Caligiuri y Marincola, este hombre debía ser considerado en la ciudad poco menos que un héroe.

jueves 10 de abril de 2008

Nullitatis Matrimonii, una historia calabresa (IV)

El 13 de marzo de 1939 testifican ante el Tribunal de Catanzaro Anna y Ernesto, los padres de Rachele. Lo hacen por separado (primero la madre y después el padre), si bien el cuestionario es el mismo para ambos. No tengo la seguridad, pero empiezo a pensar que la lista de las preguntas se las facilitaban previamente. En este post, aprovechando la coincidencia de las cuestiones, junto ambas declaraciones (en rosado las respuestas de la madre, en violeta las del padre), lo que creo que ayuda a comparar las distintas respuestas.

Interrogatorio a Anna y Ernesto Marincola
Depositio actricis matris/patris (13 de marzo de 1939)

1.- Decid vuestro nombre, apellido, filiación, edad, religión y domicilio.

Anna Marincola, hija de Rafaelle, nacida en Catanzaro en 1868, católica, domiciliada en Roma, calle Antonelli, 50.

Ernesto Marincola, hijo de Antonio, nacido en Catanzaro en 1864, católico, empleado del Estado, domiciliado en calle Antonelli 50, Roma.

2.- ¿Sois pariente de los cónyuges Renato Caligiuri y Rachele Marincola?

Soy la madre de Rachele Marincola.

Soy el padre de Rachele Marincola.

3.- ¿Podéis decir si son buenos cristianos, honestos, incapaces de mentir y de jurar en falso, incluso a favor suyo?

Tanto mi hija como Caligiuri con religiosos, honestos e incapaces de mentir.

Mi hija es religiosa, moral y digna de fe. Ha mantenido siempre una conducta moral sin tacha y vive conmigo. Caligiuri es religioso, moral y merece credibilidad.

4.- ¿Cuándo y cómo se comenzó a hablar del matrimonio de vuestra hija con el señor Caligiuri? ¿Cómo acogió vuestra hija la propuesta de ese matrimonio? ¿Cómo la acogisteis vos?

Mi hija tenía 13 años y jugaba como cualquier niña cuando el doctor Cirillo (ya difunto) le dijo a mi hermano Domenico (también él ya difunto) que Caligiuri deseaba casarse con Rachele. Mi marido, informado por mi hermano, respondió que era demasiado niña. Dos años después, Caligiuri repitió la petición por medio de cierto señor Mannarino de Catanzaro. En aquella época, estando enfermo de tuberculosis mi hijo mayor Antonio (ya muerto), pensamos que sería mejor sacar de casa a la chica y aceptamos la propuesta de Caligiuri. Un día llevamos a Rachele a la casa de mi hermana Concettina para que conociese al joven. Después de este encuentro, Raquel expresó enseguida su contrariedad, porque Caligiri le pareció medio ciego y feo.

Mi hija conoció a Caligiuri a través mío. En 1921 o 1922, fui trasladado como empleado a Catanzaro. Rachele tenía unos catorce años. Se presentó el doctor Mariano Cirillo (ya difunto), encomendado por los padres de Caligiuri para pedir la mano de Rachele. Yo, al principio, respondí que la chica era todavía demasiado joven. Esto sucedería hacia 1923. Después de unos seis o siete meses, el doctor Cirillo volvió a presentar la petición. Entonces di mi consentimiento porque tenía en casa (compuesta sólo de dos habitaciones) un hijo enfermo de tisis (contraída en la guerra) y carecía de medios para aislar a mi hija. Rachele, en un primer momento, accedió a mi deseo, pero cuando conoció a Caligiuri empezó a mostrarse fría. A mí me decía que no quería casarse para no alejarse de su madre.

5.- ¿Hubo un periodo de noviazgo oficial? ¿Cuánto duró y cómo transcurrió? ¿Cómo se comportaban los novios entre ellos?

El encuentro que he descrito en casa de mi hermana fue considerado el compromiso oficial. Era el 21 de diciembre de 1921; el noviazgo así iniciado se prolongaría hasta el 21 de diciembre de 1922. Ambos novios se comportaron fríamente y recuerdo que Caligiuri le escribió a mi hija que había comprendido claramente que ella sentía aversión hacia él.

Rachele mantenía una actitud fría y despectiva. Caligiuri se percataba, tanto que le escribió varias cartas quejándose al respecto.

6.- ¿Cuáles eran los sentimientos y las intenciones de vuestra hija en aquel periodo? ¿Os manifestó abiertamente lo que sentía?

Mi hija me repetía continuamente que no quería casarse con Caligiuri porque no podía soportar ni siquiera su presencia.

7.- ¿Cómo se comportaba vuestra hija en vuestras relaciones? ¿Era dócil, afectuosa, obediente? ¿Cuáles eran vuestros sentimientos hacia ella?

Mi hija era un ángel, dócil, afectuosa y obediente. Yo siempre he sido muy afectuosa con ella.

Yo amenacé a Rachele con echarla de casa y cuando se negaba a hablar con el novio, llegaba a abofetearla, encerrarla en la habitación y dejarla sin comida.

8.- ¿Cómo es el carácter de vuestro cónyuge?

Mi marido, si bien habitualmente era bueno y afectuoso, en lo relativo al matrimonio de Rachele se mostró duro e inamovible. Mi marido deseaba a toda costa el matrimonio, tanto por sacar a la chica de casa como por no poder asignarle una dote suficiente. De otra parte, Caligiuri nos fue presentado y recomendado por las amistades como una óptima persona.

Mi mujer defendía a la hija, pero yo le hacía comprender que el matrimonio era necesario para evitar que se contagiase de la enfermedad del hijo, y también porque Caligiuri tomaba a Rachele sin dote, mientras que cualquier otro partido nos hubiese exigido una dote de la cual no disponíamos.

9.- ¿Sabríais decir si vuestra hija se casó espontáneamente y a su gusto con Caligiuri? En caso negativo, ¿por qué no fue así?

Mi hija no se casó voluntariamente con Caligiuri; lo hizo sólo por la imposición de su padre.

Rachele no se casó libremente.

10.- ¿Es verdad que impusisteis a vuestra hija duras amenazas con la finalidad de inducirla a casarse con Caligiuri? En caso afirmativo, ¿cuándo y cuántas veces lo habéis hecho?

Es absolutamente verdad que mi marido muchas veces dirigió palabras muy duras a la muchacha para forzarla a casarse y no le ahorró bofetones, así como amenazas de dejarla sin comer y echarla de casa.

Ya he respondido.

11.- ¿En qué consistían y qué gravedad tenían esas amenazas? ¿Las hubieseis realmente llevado a cabo? ¿No habría podido vuestra hija superarla sin graves riesgos? En caso negativo, ¿cómo es posible conciliar vuestro afecto hacia ella con un tratamiento tan duro?

Mi hija no podía de ninguna manera sustraerse a estas amenazas; y yo no podía defenderla, porque entonces también yo las habría recibido. Me limitaba a pasarle a escondidas algunos alimentos, cuando su padre la castigaba sin comer.

12.- ¿Qué os decía y como se comportaba vuestra hija ante las amenazas?

Mi hija lloraba y mostraba su obstinación diciendo: «No quiero alejarme de mi madre ni de mi hermano; soy pequeña y no quiero casarme».

13.- ¿Qué notasteis de particular en el comportamiento de vuestra hija inmediatamente antes del matrimonio y durante la celebración?

Mi hija, en las vísperas del matrimonio, estuvo muy triste y durante la ceremonia lloró. La ceremonia se celebró en casa de mi hermano. Mi hija no quería subir al automóvil que había de llevarla a la casa del marido.

El matrimonio se celebró por la tarde, en casa de mi cuñado; Rachele se encerró en el cuarto de baño de su tío porque no quería presentarse ante el Obispo para la ceremonia.

14.- ¿Tuvisteis dudas sobre la validez del consentimiento dado por vuestra hija a su matrimonio? En caso afirmativo, ¿cómo se puede eso conciliar con el afecto que le teníais y con el pensamiento de la vida infeliz a la que le condenabais?

Estaba tan afligida por el dolor que no tuve el ánimo de pensar sobre las consecuencias de ese matrimonio.

Yo no tuve dudas sobre la validez del matrimonio. Si forcé a mi hija fue por su bien, para poner a salvo su salud y para procurarle un marido, a pesar de la ausencia de dote.

15.- ¿Cómo comenzaron su vida en común ambos cónyuges? ¿Tuvieron peleas? En caso afirmativo, ¿cuándo, por actos de quién y por cuáles motivos comenzaron las peleas?

Empezaron inmediatamente la vida conyugal, pero ya desde el principio nunca estuvieron de acuerdo. Él era muy avaro y le imponía muchas restricciones, tratándola sin atenciones ni delicadeza.

Cuando acompañé a mi hija a casa de su marido, ella se resistió a quedarse allí y quería volver conmigo. Las peleas comenzaron de inmediato, dada la mutua incompatibilidad.

16.- ¿Qué os decía vuestra hija en los primeros días del matrimonio y posteriormente?

Mi hija se lamentaba constantemente con nosotros, sus padres, acusándonos de haberla hecho desgraciada. Se enfadaba especialmente conmigo porque decía que tenía que haberla defendido.

Mi hija decía continuamente que no soportaba a su marido.

17.- ¿Es verdad que ella se escapó del domicilio conyugal? En caso afirmativo, ¿cuántas veces lo hizo y por cuáles motivos?

Mi hija se fugó de la casa del marido varias veces, a causa de desacuerdos y peleas con él. La primera vez que ocurrió creo que fue pasado un año aproximadamente desde la boda.

Rachele escapó cuatro o cinco veces de la casa del marido y vino a refugiarse a la mía. La primera vez fue unos dos meses después de la boda.

18.- ¿Por obra de quién regresó, tras estas fugas, junto al marido?

Era siempre su padre quien la devolvía junto al marido.

Yo siempre me ocupaba de reunir y reconciliar a los cónyuges.

19.- ¿Cuánto tiempo permanecieron juntos los dos cónyuges? ¿Quién fue el primero que dejó el domicilio conyugal y por cuál motivo?

Mi hija abandonó definitivamente el domicilio conyugal el 12 de mayo de 1930. El suegro, que había ejercido siempre una buena influencia sobre los dos esposos, había muerto el año anterior.

La convivencia duró seis años. Rachele fue quien definitivamente la rompió y, comprendiendo que habría sido inútil venirse a mi casa, partió sola para Roma. Me dejó una carta en la cual me advertía que, si no la hubiese acogido, se habría envenenado.

20.- ¿Cómo fue acogido el nacimiento del primer hijo? ¿No se mostró vuestra hija, a partir de ese momento, más afectuosa con el marido?

Cuando nació la única hija, Rachele hubo de ser desvirgada quirúrgicamente. Mi hija me confió, durante las épocas de las peleas, que a menudo el marido, durante el acto sexual, sufría de impotencia. El nacimiento de la niña no contribuyó a unir a mi hija con su marido.

El nacimiento de la niña no contribuyó a que la esposa se volviera más afectuosa. Mi yerno me confesó que dejaron de tener relaciones íntimas.

21.- ¿Trató vuestra hija a Caligiuri como un verdadero marido? En caso negativo, ¿cómo pudo convivir con él durante tantos años y cómo pudisteis vos tolerarlo?

Mi hija nunca faltó a los deberes de una esposa e intentaba tratar bien a su marido, pero no podía evitar sentir una gran repulsión hacia él. Pudo resistir tantos años, intentando vencerse a sí misma, gracias a las buenas influencias de mi marido y del padre de Caligiuri.

Ya he dicho lo que llegué a saber de Caligiuri. En cuanto a mí, siempre intenté actos de pacificación y de reunión de los cónyuges, pero siempre fueron inútiles.

22.- ¿Os parece posible la reconciliación?

La reconciliación es imposible.

Considero imposible la reconciliación.

23.- ¿Cuándo, cómo y a través de quién ha llegado al conocimiento de vuestra hija que su matrimonio pudiera ser declarado nulo por la Autoridad Eclesiástica?

El primero que tuvo la idea de la anulación fue el propio Caligiuri, quien envió al abogado Paolo Squillace a hablar con mi marido porque quería que mi hija corriese con la mitad de los gastos. No aceptamos porque no estábamos en condiciones de desembolsar tanto dinero.

Mi mujer y yo, tras leer en los periódicos los resultados de procesos de nulidad, pensamos que también mi hija podría conseguirlo.

24.- ¿Por qué ha tardado tanto en iniciar la presente causa?

Porque sólo ahora, con grandes sacrificios, mi marido ha podido afrontar los gastos de la causa.

Hace unos tres años, el abogado Squillace, en nombre de mi yerno, nos propuso iniciar la causa pagando la mitad cada una de las partes. Pero en ese entonces yo no podía asumir los costes, porque carecía de medios.

25.-¿Tenéis algo que añadir, corregir o cambiar?

Nada.

Nada.
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A la fecha de estas declaraciones, los padres de Rachele son dos ancianos de 71 y 75 años y cabe suponer que ya han perdido toda autoridad sobre su hija, una mujer de 31 años. Seguramente viajarían a Catanzaro aleccionados por Rachele, aceptando sumisamente, sobre todo el padre, confesar sin paños calientes, lo mal que la trataron y cuánto la forzaron a casarse. Sin poner en duda que fuera verdad, no dejan de parecerme estas declaraciones las penitencias que los padres han de cumplir por haber "causado" la infelicidad de su hija.

Estas declaraciones aclaran algunas dudas que me habían dejado las dos anteriores. Por ejemplo, que la boda no se celebró en la pequeñísima y mísera vivienda de los padres, sino en la casa del tío de Rachele. Entonces sí podemos creer que fuera con mucha pompa y tiene sentido que la ceremonia la oficiase el Obispo. Probablemente, este tío pertenecería a la rama acaudalada de los Marincola, familia, como dije, de las más importantes de la historia de Catanzaro.

Por otra parte, siguen apreciándose contradicciones e incluso aparecen otras nuevas. Vuelve a surgir la divergencia respecto a la duración de la vida conyugal: la madre da como fin de la convivencia la misma fecha que dijo Caligiuri (tanta coincidencia hace pensar que sea verdad), mientras que el padre habla de apenas seis años (menos incluso de lo que dijo Rachele). También es distinto el tiempo que cada uno de los progenitores dice que pasó entre las dos propuestas de matrimonio. Además, otra importante resulta de la afirmación del padre de que Rachele se trasladó sola a Roma, cuando ella había dicho que fue a casa de sus padres (sin que sepamos cuando éstos se mudaron a Roma) y Caligiuri que había huído con Davanzo. Obviamente, este asunto resultaba poco conveniente para los intereses de los Marincola.

Por último, los dos aluden a las relaciones sexuales del matrimonio, en base a presuntas confidencias de la hija a la madre y del yerno al padre. Ambos comentarios los hacen sin que tengan demasiado que ver con la pregunta. Todo ello genera desconfianza, pareciera más que habían acordado previamente meter tales afirmaciones (seguramente a instancias de Rachele) para insinuar otra causa de nulidad. Como ya dije, creo que siguiendo una estrategia equivocada.

miércoles 9 de abril de 2008

Paréntesis a la Nullitatis Matrimonii

Hago un paréntesis en la transcripción de las actas de la causa de nulidad Marincola-Caligiuri, para permitirme algunos comentarios (para eso éste es mi blog). Oídas las declaraciones de ambos cónyuges, hay algunas cosas que me llaman la atención.

Como es sabido, cuando los Tribunales eclesiásticos declaran la nulidad de un matrimonio lo que hacen es decir que tal matrimonio nunca existió porque faltó alguno de los requisitos esenciales según el Derecho Canónico. De acuerdo a su propia lógica jurídica, para declarar la nulidad de un matrimonio ha de probarse en el proceso que alguno de tales requisitos esenciales no se verificó; a este respecto, el canon 1060 del Código Canónico establece que "... en la duda se ha de estar por la validez del matrimonio mientras no se pruebe lo contrario". En el caso que nos ocupa, está claro que el único requisito, de entre todos los contemplados en la legislación eclesiástica, que podía no haberse cumplido se refería al consentimiento. En concreto, Rachele apela al canon 1103 que dice que "es inválido el matrimonio contraído por violencia o por miedo grave proveniente de una causa externa, incluso el no inferido con miras al matrimonio, para librarse del cual alguien se vea obligado a casarse".

He repasado la parte del Código Canónico referida al matrimonio (así como algunas páginas de internet sobre el asunto) y no encuentro otra línea argumental aplicable a este caso que pudiera llevar a buen puerto la demanda. Bueno, hay otra que Rachele llega a insinuar y es la impotencia sexual (curiosamente, la esterilidad no es causa de nulidad). Pero ese era un camino erizado de dificultades probatorias, más cuando había descendencia; incluso tengo la sensación de que mencionarlo no contribuyó a la causa de la demandante (me imagino a los jueces eclesiásticos frunciendo el gesto con desagrado). En todo caso, prescindiendo de ese detalle colateral, lo cierto es que tanto las preguntas como las respuestas tienen mayoritariamente por objeto dilucidar si la contrayente dio el si contra su propia voluntad, forzada por un miedo grave.

Lo sorprendente (o no tanto) es la actitud de Renato. Me resulta bastante claro que, para esas fechas, tantos años después de que su mujer le había abandonado, siente odio hacia ella o, si parece una palabra muy fuerte, digamos que, desde luego, no le guarda ningún cariño. Quiere que el matrimonio se anule; lo dice explícitamente (incluso cuenta que había pensado iniciar él mismo la causa pero que no lo hizo porque le parecía muy costosa) y no deja dudas en cuanto a su negativa a reconciliarse. Hay pues coincidencia en la intención de ambas partes, lo cual desde una óptica racional indicaría que ambos debieran haber avalado el argumento del consentimiento forzado. Sin embargo, Caligiuri, a lo largo de toda su declaración, no cesa de desmontarlo. Sostiene insistentemente que Rachele le amaba y era afectuosa con él, que estaba ilusionada con el matrimonio, que su vida conyugal fue normal (pese a las discusiones por los "contrastes" de caracteres) y que, en suma, sólo la aparición de una tercera persona causó la ruptura de la convivencia. Es evidente, y a él no podía ocultársele, que con esas declaraciones minaba el único motivo suficientemente sólido para alcanzar una declaración de nulidad; prueba de ello es que de su declaración no se deduce ningún otro motivo válido (porque no lo había). Así pues, ¿por qué Renato optó por esa actitud, tan contraria a sus intenciones?

La única explicación que se me ocurre es el orgullo, el que Caligiuri se sentía herido en su mal entendida dignidad. No estaba dispuesto a admitir que Rachele se había casado con él sin amarle, insiste varias veces que no tenía ninguna duda de ello porque, de haberlas tenido, habría roto inmediatamente su compromiso, debido a su carácter. ¿A su carácter? ¿Qué pretendía decir? Pues, supongo, que consideraba indigno esforzarse en que la niña cambiase sus sentimientos, en tratar de enamorarla. En su vanidad decimonónica (por más que ya estuviésemos en el XX) no concebía que Rachele no pudiera amarle; o mejor, no se permitía aparentar que pudiese concebirlo, ante los demás y, me temo, que incluso ante sí mismo. Me pregunto si ese orgullo vacuo sería lo suficientemente intenso como para cegarle tanto que no viese los sentimientos de su novia. Cuesta creerlo y, sin embargo, no debía ser algo demasiado extraño en esos tiempos.

Intuyo que dudas parecidas debieron albergar los jueces eclesiásticos y por eso preguntan a Rachele si le dejó suficientemente claro al novio su aversión y contrariedad. La chica responde afirmativamente, pero no termina de convencerme (y probablemente tampoco convencería a los jueces). Porque parece coherente con la personalidad que le imagino al Caligiuri que, si hubiese tenido claros los sentimientos de su prometida, habría roto el compromiso, como él mismo afirma. Conste que no dudo de la veracidad de las emociones de Rachele, sino de que se las expresara con suficiente rotundidad. Hay que pensar que, tanto las coerciones a las que la sometían como las mínimas normas de educación de la época, lo obstaculizarían. Así, puedo admitir que el Caligiuri, a causa de su ridícula vanidad, pudiera casarse sin siquiera pararse a considerar que su mujer no le amaba; la venda autoimpuesta impediría que llegaran a su consciencia las seguramente más que abundantes señales en tal sentido. Por supuesto, el que el pánfilo del novio no fuera del todo consciente de los sentimientos de su novia no niega que el consentimiento de ella fuera forzado; pero, qué duda cabe que debilita la credibilidad de Rachele porque (pensarían los jueces) ¿cómo, si tanto le repugnaba el matrimonio, no logró dejárselo suficientemente claro?

Sea como fuere, es más que obvio que a Caligiuri le importaba más salvaguardar su ridícula (para nosotros) concepción de la dignidad que sus propios intereses objetivos (quedar libre del vínculo) y tal prevalencia se detecta en casi todas las contradicciones que se observan a las preguntas comunes a ambos. En las relativas al noviazgo, tales contradicciones se centran siempre en las distintas interpretaciones de uno y otra sobre los sentimientos de Rachele y, por tanto, entran en el terreno de la subjetividad. Sin embargo, hay al menos tres distintas versiones sobre cuestiones que son de hecho, lo cual lleva a concluir que alguno de los dos miente. En primer lugar está el asunto de las relaciones sexuales. Según Rachele, éstas ocurrían con gran resistencia por su parte, fueron muy pocas veces y hasta llega a insinuar que sin que llegara a haber penetraciones completas. Por contra, Renato dice que se desarrollaron con naturalidad (sólo se refiere al "pudor" lógico en una jovencita virgen) y que la noche de bodas llego a consumarlas (vaya machote) hasta tres veces. En segundo lugar, la cuestión de la separación de camas y habitaciones, lo que, según ella ocurrió tras el nacimiento de la hija; sin embargo, Caligiuri lo niega, asegurando al Tribunal que siguieron durmiendo en el mismo lecho hasta que Rachele se fugó. En ambos casos, independientemente de la veracidad de las palabras de Renato, lo que vuelve a manifestarse es su empeño en proclamar la que él considera que debe ser la imagen digna de un marido que incluye, por supuesto, el señorío sobre el cuerpo de su esposa.

La tercera contradicción es, a mi juicio, la más relevante y se refiere al tiempo que duró la convivencia. Caligiuri fecha con exactitud el día en que su mujer abandonó el domicilio conyugal: 12 de mayo de 1930; es decir, ocho años y casi cinco meses después de la boda. Sin embargo, Rachele dice que la convivencia marital duró unos seis años y medio; o sea, que abandonó la casa hacia mediados de 1928. ¿A qué obedece esta diferencia de casi dos años? Tengo el pálpito que tiene que ver con el tercer personaje de esta historia, Carlo Davanzo. Conjeturo que a Caligiuri le interesaría dar a entender que las relaciones "ilegítimas" de su esposa se mantuvieron largo tiempo mientras vivía en el domicilio conyugal, presentándola como una mujer falsa, ducha en el engaño. Por el contrario, Rachele defendería implícitamente que, en cuanto se decidió a vivir su amor con Davanzo, abandonó la casa de su marido. La consistencia de esta hipótesis mía requeriría que en esos años (entre 1928 y 1930) hubiera ocurrido algo suficientemente conocido por terceros que hiciera conveniente justificar, según los intereses divergentes de cada parte, con dataciones distintas de la salida de Rachele. No lo sé. Lo que sí me resulta sorprendente es que los jueces no intentaran aclarar este extremo. También me resulta curioso que en el proceso no se mencionara que Rachele había tenido un hijo con Davanzo; entiendo que quisiera ocultárselo al Tribunal, pero ¿lo desconocía Caligiuri? ¿Podría haber estado relacionado este embarazo con la fuga de Rachele? Falta información y lo que a uno le apetece es empezar a novelar, pero si lo hiciera traicionaría el relato.

Y, para acabar, algunos comentarios sobre los jueces. De entrada, se supone que su interés habría de ser determinar con suficiente grado de convicción si el consentimiento fue forzado y debe quedarnos claro que, si no lograban tal convencimiento, si albergaban alguna duda, venían obligados a no anular el matrimonio. Dicho esto, me quedo con la sensación de que, al menos en estos dos primeros interrogatorios, no se esforzaron demasiado en dilucidar el que era evidentemente el quid del asunto. Además, tengo la desagradable impresión de que esos jueces eran reacios a tomar cualquier decisión que pudiese "mancillar" la reputación del marido. No sé, pero intuyo que si el proceso lo hubiese iniciado Caligiuri habría partido con mayores probabilidades de éxito. Pese a estas prevenciones, habrá que esperar a la sentencia y, entre tanto, estar atentos a las declaraciones de los varios testigos que pasaron por el Tribunal de Catanzaro.
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